miércoles, 18 de octubre de 2017

Narrativa ecologista y novela blanca en “Esta Isla de Ecos Azules”

Narrativa ecologista y novela blanca en “Esta Isla de Ecos Azules”

Por Fernando Baena Vejarano

“Pero el orbe novelístico es el mundo de los deseos, de los sueños e ilusiones, de la realidad que no fue o no pudo ser: siempre un poco la inversa del mundo cotidiano; siempre un poco la tendencia a realizar lo contrario de lo que nos rodea. De ese modo, en el siglo del orden burgués proclamó el desorden y la anarquía, y héroes como Raskólnikov pusieron bombas debajo de los puentes y vías de comunicación de la hipócrita sociedad en que sufrían. Pero ahora, cuando las guerras totales y los totalitarismos nos han traído el caos universal, la novelística busca inconscientemente una nueva tierra de esperanza, una luz en medio de las tinieblas, una tierra firme en medio de la gigantesca inundación. Se ha destruido demasiado. Y cuando lo real es la destrucción, lo novelesco no puede ser sino la construcción de alguna nueva fe”.


Ernesto Sábato, “El escritor y sus fantasmas”




En un taller de cantos ancestrales y arquetipos femeninos, hice por solicitud  de Juliana Gonzales, una impecable escritora y maestra, un corto párrafo sobre un tema mítico. Hay que cuidarse de dar pequeños pasos, de echar a rodar bolas de nieve, porque se pueden volver avalanchas. En este caso, las palabras que rodaron y empujaron a otras y a otras más, destruyendo hábitos y resignificando mi visión del mundo, se terminaron gestando como una novela. Escrita en el año 2012, “Esta Isla de Ecos Azules” abrió una etapa de producción literaria que no me propuse iniciar, ni he podido refrenar desde entonces.

Desde adolescente me fascinaba el misterio del mar,  me extrañaba  que  la gente se identificara en primer lugar con su país o su partido político o deportivo, -y solamente en tercer lugar con este planeta, nuestro hogar verdadero- , y me dolía ver a nuestra “Tierra Patria” –como la llama Edgar Morin- en manos de intereses comerciales y mentalidades mercantilistas. También desde que recuerdo he presentido que la mujer tiene secretos que podrían rescatarse para salvarnos de la hecatombe. Pero no sabía que estos ingredientes podrían convertirse, sin que tuviese voluntad para oponerme, en una especie de saga sobre la salvación, o destrucción, de la especie humana, en una especie de carta que me terminé dirigiendo a mí mismo, para reabrir mi sensibilidad hacia la vida. Una mujer que se comunicaba con los cetáceos se comunicó conmigo, me obligó a convertirla en un personaje de novela y a viajar con un extraño grupo filantrópico que afrontaba el cambio climático. Me puso en situaciones futuristas sobre   el papel  y el destino del ser humano en la nueva tierra.  Me llevó a descubrir a un grupo de escogidos y a una civilización secreta de mujeres que  intentaban rescatar al planeta de su crisis ecológica, a seguirle los pasos a un hombre que –cosa excepcional- valoró  el poder uterino de la vida mediante un trance que lo llevó a conocer los orígenes del mundo.  Se me reveló, mejor que como lo tenía filosóficamente teorizado, el tenebroso carácter del orden patriarcal mundial, y le hice guiños de admiración a las sabidurías ancestrales.  Terminé plasmando como narración literaria mis críticas filosóficas a la racionalidad científica, a la lógica de la productividad, al monopolio de la evaluación costo/beneficio en todas las áreas de la vida, a la  terca actitud de pensar en la naturaleza como un recurso a disposición del ser humano en vez de percibir  a la madre tierra como una entidad con derechos. Proclamé , obligado por el corazón de la Tierra, ya no los derechos humanos, sino los derechos de todos los seres vivos y de su gran matriz sagrada. Y todo por dar un pequeño paso, por  escribir un pequeño mito sobre uno de los arquetipos de la diosa.


No sabría cómo clasificar mi novela. Tampoco es mi rol como escritor hacerlo, no soy crítico literario. Mi función no es evaluar, en términos de la historia de la literatura, la pertinencia de mi texto. Soy escritor: lo mío es contar una historia. Pero no me inquieta menos investigar quien está escribiendo obras parecidas a la mía y que me aportan ellas o que les aporto yo.
 No me parece tarea fácil , sin embargo,  autoclasificar mi narración. No es ciencia ficción, no es novela histórica y no es ficción histórica estrictamente hablando. Intentando comprender lo que escribo, produje algunos textos en el año 2016, mientras terminaba mi Maestría en Creación Literaria en la Universidad Central, sobre lo que quise bautizar “Novela Blanca”, para referirme a las que desde entonces he escrito. Parezco incapaz de reducir mi mirada literaria  a temas coyunturales e históricos de la realidad colombiana, aunque mis personajes  reflejen a veces, de manera lateral, asuntos de mi país. Escribí, eso sí, el texto, porque sentí la compulsión de decir algo, es una responsabilidad que siento hacia la vida, es lo mínimo que puedo hacer como habitante de este planeta cuando veo cómo matan a palazos a los delfines en  Japón o acaban con nuestras faunas y floras en los páramos de Colombia las empresas mineras. Y no  sabría confesarme seguidor de otros tipos de textos similares,  a los que me he aproximado luego, y no antes, de la escritura de esta novela. Por aquello de las ballenas y el amor por los mares australes es entretenido revisar a Francisco Coloane, a Melville, a Julio Verne y a Conrad; por supuesto. De Coloane suena mucho “los conquistadores de la Antártida”, pero no hay pensamiento antipatriarcal ni ecologismo allí. Luis Sepúlveda, mas contemporáneo, Chileno, tiene buenos relatos ecológicos, o más exactamente, ambientalistas. Jean-Marie Gustave Le Clézio, premio Nobel, francés, tiene un toque existencialista que combina con una gran admiración por las culturas no occidentales. Dicen que de él es bueno leer  “Urania”. Y Celso Román, por supuesto, es un reconocido escritor que transpira conciencia ecológica en cada una de sus narraciones para niños. Pero mi novela  no es ambientalista, ni está explícitamente dirigida al público Infantil, -como las del Celso- (aunque no sería mala idea hacer una versión juvenil y otra infantil de la misma).


El escenario de esta novela ecologista  es, en realidad, como en casi todas las otras que me han sentado ante el teclado, el mundo. Las literaturas nacionales me parecen cada vez menos agudas cuando intentan ocurrir  en un mundo provincial, no globalizado. Para bien o para mal ahora somos red y en unidad es como  son las cosas. No es una novela nacional.  Tengo una óptica espiritual, pero evité hasta donde pude poner mi texto al servicio de algún tipo de consejería, o de confundir lectores  con adeptos. Tampoco tuve pudor para enviar un mensaje al lector, pero espero no haberla convertido en una obra con moraleja. No es una obra metafísica autobiográfica, ni un texto de especulación documental, ni mis personajes, que son épicos hasta cierto punto, se portan como héroes idealizados, al estilo de una saga juvenil. Creo que no. Mi novela le exige al lector que que se plantee preguntas metafísicas y enigmas oceanográficos. Tal vez sea una obra precursora.
¿Calificaré como “ecológica” o “ecologista” a esta obra? Es la primera novela que produje después de casi 20 años de silencio literario. Al igual que en la que vino después, llamada “lo más íntimo de la Tierra”, que es una novela pedagógica sobre la historia oculta de este planeta y de la evolución humana,  en “Esta Isla de Ecos Azules” me apasiono por lo que podría llamarse “geografía sagrada”. ¿Cuáles sitios hay, que queden aun por explorar, hoy, en pleno siglo XXI? ¿El fondo delo smares? ¿El interior terrestre? ¿Una isla desconocida? La esperanza romántica de esa pregunta, es que quede todavía alguna zona blanca en alguna parte , que no esté manchada de petróleo, chips, y dólares.

Me divierte investigar, no para preguntarme si es una verdad científica, sino para tener excusas literarias, todo lo que tenga que ver con líneas de energía, localización de ruinas arqueológicas famosas, lugares secretos de valor para los pueblos de la antigüedad, civilizaciones perdidas, hundidas y ocultas, etc. Y uno de esos temas que se me quedó pegado a la imaginación fue el de las veinte mil leguas de viaje submarino de Julio Verne, a quien leía con vehemencia en mi biblioteca escolar, ya desde la preadolescencia.

Junto a la geografía sagrada, que me gusta creer que existe, me divierte pensar en la historia oculta, pasada y futura, de la humanidad. Hay que ir más hacia atrás de la historia oficial que nos contaron, por el puro ejercicio de romper el paradigma para posibilitar percepciones nuevas. En esta novela, me he preguntado cómo habrán sido las sociedades prepatriarcales, porque toda la historia conocida es  la épica autoproclamada del patriarcado. Patriarcado egipcio, el que ocupó a los eruditos mecenados por el emperador Napoleón. Patriarcas aristócratas ingleses y europeos, los que nos contaron con perspectiva patriarcal sus colonizaciones de los demás continentes, sus versiones  sobre el  medio oriente y África, o sobre las ruinas mayas. ¿Pero cómo habría sido una civilización prepatriarcal?¿Existieron la Atlántida y la lemuria? Que existan, sí, para la literatura fantástica, que es el único escapismo que nos queda para confrontar la pequeñez mediática del planeta, y la asfixia de la realidad  hipervigilada que nos controla.

Vi que la historia oculta, la geografía oculta y la invisibilización de la mujer estaban muy ligadas. Uní la aventura del Nautilius, que reposaba en mi memoria de largo plazo, con el misterio de  lo femenino, que me ha intrigado desde antaño. No supe cómo, y cada capítulo exigió otro más, que pidió un tercero. Y resulté novelista nuevamente, ahora ya no de dos, sino de seis obras, que le guardan la gratitud que se le debe a una madre, a esta, la novela ecologista que hoy les comparto.


Las preguntas que no nos podrá resolver nunca la ciencia, que nos las invente el arte. Son las mismas que me hago en “El despertar del Colibrí”, mi última novela publicada, premiada en un concurso interino de un taller de novela corta del Fondo de Cultura Económica, o en “Reloj de una Misma Arena”, la novela con la que obtuve mi maestría en la Universidad Central.¿Habrá una tercera guerra mundial? ¿Ha tenido sentido todo el sufrimiento que la humanidad ha padecido? ¿Forma parte de la evolución del ser humano algún tipo de reestructuración psicológica de los hombres y de las mujeres, que nos aleje de las caricaturas de lo femenino y de lo masculino tan ligadas al carácter depredatorio, beligerante y antiecológico de la humanidad presente ¿Hubo civilizaciones más espirituales y sabias, y qué debemos aprender de ellas? ¿Hay vida en otros planetas u otros seres inteligentes no humanos que puedan surgir de las cenizas de la civilización?

Mi novela corre por las venas de todas estas preguntas, intentando creer , literariamente, en las respuestas; porque a falta de certezas, buenas son crencias lectoras o poéticas. Necesitamos un mito que nos saque del abismo.  Algún mito sobre la nueva creación que se necesite cuando nos hundamos los descendientes de los tripulantes  del arca de Noé, quienes obviamente no hemos hecho un trabajo de agradecimiento sobre el planeta que se nos legó tras el anterior diluvio. Creer es una habilidad que nos hace mas humanos, que nos vuelve mejores personas, sobre todo cuando sirve para encontrarle sentido al mundo, para mantener la esperanza en un mundo mejor, o por lo menos, nuevo.

Yo escribo para combatir el escepticismo. Eso también me hace sentirme al margen. Vivo rodeado de inteligentes textos literarios, todos ellos escépticos.  El escepticismo que aunque no lo parezca también es una  creencia –una fe en lo que niega- , no va conmigo: cierra el corazón, seca el alma. Creo en un arte que vivifique y no solamente proteste, que proponga y no solamente retrate, como espero que lo haga esta novela: Se me antoja tan poco inteligentes el extremo del escepticismo como el de la credulidad ciega. ¿Y quien quita? Quizás hasta imaginando descubramos algo. Imaginando se descubrió la teoría de la relatividad, la obra de un gran soñador. Troya era un mito literario Griego y la civilización Sumeria era una leyenda bíblica hasta que Schielmann descubrió la ciudad y lo propio ocurrió con las decenas de poblaciones desenterradas en Mesopotamia. Tal vez algún día encontraremos El Dorado. La literatura es el ejercicio saludable de la imaginación, cuando esta sabe dejar siempre un porcentaje de duda. Y es, en mi opinión, ese elemento, la esperanza, el que principalmente impuso a García Marquez por encima de otros escritores colombianos, en el panorama internacional. ¿No es Cien años de Soledad, a la vez que una denuncia de la opresión, la novela de la esperanza latinoamericana por excelencia? Los prejuicios nihilistas de la novela negra serán vistos, dentro de un siglo, tal vez antes, como un síntoma de lo extraviado que estaba el arte de su verdadero y más profundo propósito.


Por eso me opongo a la novela negra, que me ha inspirado para proponerme un horizonte literario diametralmente, - a la larga, complementario, en dialéctica con eso mismo-. Les decía que lo que he llamado novela blanca. Novela negra es la que se inspira en el mundo profesional del crimen, como la define Raymond Chandler en su ensayo “”El simple arte de matar”. De propositiva que era en el siglo XIX, la novela pasó a ser cínica, satírica desde el siglo XX, caracterizada por un mandamiento implícito: no moralizarás, idealizarás ni insinuarás como escritor que tienes alguna promesa respecto al problema humano, o serás excluido de la historia de la literatura. Hay un gran negocio editorial, hoy en día, fundamentado en nutrir aun más el pesimismo, el fundamentalismo, la música pesada y la caracterización del deterioro ético de un planeta imposible ya de diagnosticar, por lo complejo. Los periódicos amarillistas venden más que los que intentan el equilibrio. La sangre vende. Cualquier negociante literario sabe usar el sexo y la violencia para escalar. Hasta el éxito reciente de los mejor vendidos que ahora se ofrecen en los supermercados es un descendiente directo de la ecuación arte igual crudeza: se compran muy bien las historias de mujeres que piden ser sodomizadas por profesionales del sadismo. Y no voy a decir que nada de esto tenga que prohibirse en el arte, claro que no. Pereo sí puedo proponer que se haga lo contrario, porque es lo que más se necesita.A la novela negra la caracterizan personajes oscuros, lenguaje desafiante, antilirismo en la expresión, descripciones de ambientes degradantes, argumentos violentos, antihéroes, ausencia de personajes moralizantes, individuos derrotados y deliberadamente condenados al fracaso, interés por dibujar los peores aspectos del ser humano y descripciones crudas de hechos abominables.  Todo eso es lo que no quiero imaginar.
Los escritores de los que quiero diferenciarme ven al ser humano como un error garrafal de la naturaleza, un simio que arrastra consigo una baja y esencial motivación moral. Los lectores  de novelas negras, hoy en día, toman como ejemplo de vidas valiosas a los artistas del pasado que no fueron, precisamente, seres felices y armónicos. Me pregunto si el arte puede cumplir, aun en nuestros días, la función de promover una percepción esperanzadora sobre el sentido de la vida humana, función que la literatura negra evidentemente no cumple. Me pregunto qué efecto genera la novela negra. ¿El de la catarsis, que libera, según la poética de Aristóteles? ¿O el de la adaptación a la dureza del entorno? Pero es que Aristóteles hablaba de un afecto liberador que le habían proporcionado grandes obras trágicas. Se trataba de Esquilo, de Sófocles. ¿O también habría incluido El filósofo griego en el abanico de las obras liberadoras algunos textos amarillistas contemporáneos?
Yo busco otros lectores, que busquen otros efectos. Nunca quise pensar que para escribir bien hubiera que morir temprano como Rimbaud, ser alcohólico como Bukowski, o tener problemas mentales como Poe y contraer sífilis como Nietzche.  ¿Me condena esto a no obtener reconocimiento como artista? El problema de una tendencia estética es que se vuelva un monopolio. El premio nobel, por ejemplo,  rara vez se ha dado a escritores que resalten de alguna manera las posibilidades trascendentes de la vida. El galardón ha sido dado rara vez a la literatura de tonalidad “blanca”, como si solamente cuando se trata del género juvenil e infantil una cosmovisión trascendente tuviera cabida: Rabindranath Tagore en 1913, Rudyard  Kipling en 1907, Gabriela Mistral en 1945, Hermann Hesse en 1946, Pablo Neruda en 1971. Ninguno de estos escritores dejó de expresar que sufre, que hay zonas oscuras. Pero fueron afirmativos en vez de quejumbrosos, positivos en vez de  displicentes, creyeron en vez de desistir y no inculcaron la idea de que el tono depresivo era sinónimo de lucidez estética. Sin embargo, la academia sueca no parece haberse caracterizado por resaltar a los que optan por cantarle a la vida. ¿O es que eso es imposible por fuera de la poesía, por fuera de la alegría de la infancia y la confianza de la juventud temprana? ¿Es imposible la novela blanca para públicos adultos? ¿Sólo es posible para el lector infantil o juvenil?

Por milenios ha existido la literatura como canto a la vida. La mujer, con mayor probabilidad  que el hombre, sabrá volver a gestar en las tierras de la novela un nuevo tono que nos levante el ánimo, una espiritualidad afirmativa que supere el panfleto comercial espiritualoso pero reivindique sin embargo la intención de rescatar al lector de la moda gótica, del desaliño de las tribus urbanas. Se necesitan mujeres que prueben que el futuro del superhombre será tener útero y amar la vida por encima de todas las cosas. Pero…¿Puede a veces la novela anunciar un camino que todavía no representan los medios de comunicación, en la venta de una realidad que se compra porque el miedo, el horror y la crueldad consiguen más seguidores que los que quieren amar lo posible, agradecer lo existente, fundar una ética afirmativa que bendiga la vida sobre la tierra?

No llamaría “ambientalista” a mi novela, pero sí podría decir que sigo en ella una estética comprometida ecológicamente, y además centrada en la dimensión de lo humano femenino. Si el pensamiento ecológico deja a un lado la comprensión de lo sagrado en la apreciación poética de la vida, entonces no está pensándose ecológicamente, sino tecnocráticamente y desde una lógica masculina, patriarcal; dejando a un lado los aportes de las culturas nativas pre occidentales y ciertos aportes de las culturas orientales en lo que tienen de matriarcales. Y a propósito, esta no es una novela feminista. El feminismo es a veces solo el reverso de la lógica patriarcal, guerrera, conquistadora, retaliativa, evangelizadora, falocéntrica que la novela critica. Pero sí es una novela sobre el arquetipo de la diosa interior que tanto hombres como mujeres necesitamos despertar. Me inquieta lo que pueda pasar en el siglo XXI. La conciencia colectiva mundial presiente  que de alguna manera no se están haciendo bien las cosas, que un mundo basado en la lógica del sistema bancario internacional, en la mentalidad comercial; no puede resistir mucho tiempo sin colapsar.
La mujer está mas cerca de lograr el contacto con su propio arquetipo maternal, sensible, sagrado. Se le facilita más. Tiene útero. A los hombres la testosterona no nos deja tranquilos. Es sintomático el auge del movimiento gay :indica que hay una movilidad psicológica porque hay una búsqueda de lo femenino, un cierto tedio con la brutalidad patriarcal. En mi caso busco mi propia alma, que según la psicología junguiana es femenina, porque soy hombre; al mismo tiempo que mantengo y me regocijo con mi preferencia sexual por las mujeres. Los hombres le tenemos un pánico profundo al poder de lo femenino, que explica nuestra violencia y nuestra represión hacia ellas, hacia su psiquismo espiritual, hacia su brujil capacidad para relacionarse con la naturaleza. Ese miedo visceral se dirige contra la conciencia de lo sexual, de lo corporal, de lo espiritual; y se manifiesta en una cultura mundial regida por el cerebro masculino de mujeres y hombres que se entretienen en la vanidad del bienestar y el status de una aldea global en la que el poder lo tiene el dinero y no la reverencia por lo sagrado.

La mujer también tiene su sombra, que es igual de peligrosa que la del hombre. Estoy investigando en esto. Creo que mi próxima novela tendrá relación con la vanidad obsesiva por la propia imagen, el miedo a perder al ser amado , la envidia y los celos con su propio género; y la sensación de indefensas, que es la sombra de las mujeres. La obsesión de los hombres por conquistar, dominar, fanatizar, evangelizar, imponerse; es su peor sombra. Es la sombra del falo. No hay nada mas bello que una mujer que encontró a su hombre interior, ni a un hombre que logró el matrimonio con su mujer interna. Están en paz y se merecen la visa para vivir en este planeta.

No concibo ni la filosofía ni la creación Literaria, ni la investigación humanística sin un horizonte propositivo. Ya es hora de confesar que hiperdiagnosticar no sirve : ahora hay que proponer cambios ideológicos, políticos y económicos, filosóficos y sicológicos. Pero sin un viaje interior al propio corazón no servirían de nada esas excursiones. Hay que ir hacia adentro. Y hacer ese viaje es un asunto personal, nadie lo puede hacer por ti. Tal vez una crisis mundial nos ayudaría, nos mostraría que eso es indispensable. Ojalá sea cierto que eso pueda ocurrirle pronto a miles de individuos, como en una  epidemia colectiva de amor. Pero dudo que le ocurra a millones, no lo sé. Y siempre existe el peligro de que una nueva religión mundial creyera que tiene la respuesta y entráramos en una nueva edad media pero con medios masivos de comunicación, eso sería igual de terrible. En cierta manera estamos en un momento parecido al de los orígenes del cristianismo :los grandes imperios se derrumban, la gente busca respuestas desesperadamente; y el fanatismo ideológico pulula como contrapeso.


Hacer una novela es por necesidad expresar una sensibilidad social y , aunque implícitamente, es hacer una propuesta. Pero yo no propongo estar contra algo o alguien sino a favor de nuevos valores. Esa nueva cultura está por formarse, estamos crudos en ello, pero  tiene que ver con caminar juntos hacia el horizonte incierto de los valores femeninos reprimidos por el patriarcado. Cada vez que trato de no pensar, hablar o actuar de manera parcializada estoy siendo ecológico. Cada vez que lo intento tengo en cuenta la totalidad, no solo mis propios beneficios. Y no es fácil. Es tan difícil que se comprende mejor con el arte que con la ciencia, con la literatura que con la filosofía, con la poesía que con la prosa. Una novela como la que escribí, quizás ahonda en el misterio, gracias a un trabajo simbólico. Seres translúcidos, andróginos, lecciones de olvido,  submarinos llenos de utopistas que se quedan congelados en los mares durante cientos de miles de años, una ciudadela hundida bajo el océano, habitada desde las vísperas de la androlatría cultural por  mujeres que se refugiaron de la violencia de la mente y de la agresividad de los hombres, cantos de las abuelas legados por generaciones, delfines, viajes de transformación interior inducidos mediante brebajes selváticos, que llevan a un hombre a épocas míticas, profecías hechas por una especie de gitana a un futuro líder en un restaurante de Villa de Leyva, aves prehistóricas,  materias terrestres hechas de plasmas impensables para los lerdos humanos, todo esto se tejió en una red que yo mismo no sé interpretar, aunque lo haya sabido escribir. Pero solamente fui el amanuense, porque el inconsciente hizo su trabajo por encima de mis propias agendas, a pesar de mis propias objeciones al transcurso del relato y a las características de los personajes. Y eso es lo que me sorprendió y lo que espero que sorprenda al lector que me quiera honrar leyendo el texto.

lunes, 7 de julio de 2014

decálogo para neohippies indignados

DECÁLOGO PARA NEOHIPPIES INDIGNADOS VERSION BREVE

25 de mayo de 2014 a la(s) 15:06
DECÁLOGO PARA NEOHIPPIES INDIGNADOS VERSION BREVE pragmatismo

Por Fernando Baena Vejarano
1- Anhelar alguna contracultura utópica y en ningún caso llamar inteligentes a los que profesan el para renunciar a lo que -creyendo-es posible.

2- No conciliar con la monarquía mundial de las multinacionales.

3-No usar drogas y ser todo lo académico que se pueda, pero al servicio del corazón.

4-Usar con orgullo- y sin sentirse ridículo- los símbolos setenteros.  No más patriarcado. Hombres y mujeres recuperando el arquetipo femenino. No a lo fálico. La vagina y el útero, símbolos de interioridad, gestación y cuidado; regirán la vida de los pueblos.

5-Inclinarse por lo orgánico, lo libre de ingeniería genética, lo naturista, lo vegano, lo autosustentable, la energía libre, las ecoaldeas. Sin mamertismo vegano ni animalismo a ultranza.

6-Sentirse primero que todo un ciudadano del mundo. Y estar indignado. Recomendable: Morris Berman.

6-Desconfiar de toda ideología política y religiosa pero enterarse bien de todas ellas.Y no al relativismo extremo. Hay principios éticos universales.

7-Ni a la derecha ni a la izquierda ni al centro, sino desde adentro. Lo contrario  es el desmadre de la historia escrita.

8-Vida espiritual ante todo. Y lo obvio: el amor. Estamos aquí para entregarnos.

9-Preferencia por la novela blanca y el arte esperanzador. Disgusto tolerante con lo contrario. El existencialismo y el cinismo han muerto.

10-Gozo, mucho gozo. Sin danzar la vida, sin gratitud, sin poesía del instante, sin sensualidad , sin ser como niños, sin amigos, sin nomadismo, sin movimiento, sin risa…¿de que sirve vivir?


Se permite su divulgación respetando la autoría de Fernando Baena Vejarano

miércoles, 7 de mayo de 2014

Si leyeras esto en este blog literario

Si leyeras esto en este blog literario

Si leyeras esto en este blog literario, y yo te dijera que cuando hayas terminado de leerlo el mundo como lo conoces habrá terminado, no lo creerías. Es una simple entrada más, de eso no hay duda. Tampoco hay error en pensar que alguien lo ha escrito para captar tu atención por un momento. Es comprensible, hay tanta basura en internet y todo el mundo quiere un poquito de atención. En Facebook este quiere que vean su “selfie” y este otro puede sentirse mal si no obtiene por lo menos veinte “ me gusta” cuando coloca la foto de su mascota. Piensas, quizás, que con seguridad el que escribe esta nota quiere un poco de lo mismo. Pero tal vez no sea cierto. A veces uno está a la orilla del mar y una botella flotante llega con un manuscrito en ella, que uno por casualidad recoge. Lee uno lo que dice el pergamino perfectamente bien conservado, y se trata de una revelación sin parangones. Uno no se lo explica, porque le han enseñado que las coincidencias no existen, que todo es azar, que hasta la vida misma resultó del capricho de las moléculas orgánicas en algún lodazal caliente hace millones de años. Pero allí está, la botella es real, el texto es legible, y sin duda contiene el mapa de un tesoro, o los datos para conseguir algún libro que se no se quemó de la biblioteca de Alejandría escrito por el mismo Jesucristo, que se yo. Yo soy solo el autor de esta nota en “calladas arenas del alba” y tú solo eres la única persona de la que puedo decir que en este momento me está leyendo. Como no hay nadie más, te voy a decir a ti – no por casualidad, sino por destino- por qué, cuando termines de leer esta nota, se terminará el mundo. No es lo que crees.




No te imagines películas de Hollywood con terremotos y héroes poniendo a salvo a sus hijos de la estatua de la libertad que se despedaza herida por un rayo laser procedente de naves extraterrestres. Ni pienses que se trata de propaganda religiosa. No soy adventista, ni profeciamayólogo, ni te lo digo con biblia en mano que te arrepientas, oh tu, oh si, oh para siempre, versículo cuarenta del dos al cuatro. Ni te voy a pedir que hagas cuarenta copias y se las mandes a tus amigos so pena de que se queme tu casa como le ocurrió al señor Gonzales que no hizo caso, pensó que era una broma, y cuando volvió a la cocina a prepararse el almuerzo le explotó el tanque de gas ipso facto sin remedio y de manera calamitosa. No. Si me tienes paciencia, te explico.


Te explico: de hecho no pasará nada cuando termines de leerme. O, más bien, pensarás que no ha pasado nada. Pasarás a otra tarea en tu computador, frente a tu pantalla responderás un correo o quizás pensarás que ya es hora de apagar el sistema y hacer algo de mayor provecho. Que no vale la pena leer este párrafo hasta el final. Hay muchas cosas de beneficio infinitamente preferible a leer bobadas, mamaderas de gallo de escritorzuelos sin oficio que de lo puro vagos que se han vuelto no hacen más que ejercicios para escribir textos en los que el lector, o sea tu, se convierte en un tipejo marioneta de un narrador que no se atreve a confesar que no tiene nada importante que decirle pero que cumple con la tarea de mantener como narrador una relación ambigua con el narratario, como dicen los expertos. Y no vuelvas a leer la frase anterior para comprenderla porque no tiene sentido, no pierdas tu tiempo armando una sintaxis que no existe. Mejor acompáñame al siguiente párrafo.


Siguiente párrafo: aquí estamos los dos. Tu, esperando que te explique en que sentido se acabará el mundo. Yo, desde el misterio ignoto sin tiempo ni espacio -desde el que se escriben las palabras que los lectores olfatean buscando el rastro del final del texto como perros de caza-; yo, repito, aquí, después de esta coma, escribiendo que pongo un punto para terminar esta frase y lo pongo. Punto. Intentando yo ponerle un buen final a este texto. Algo que te sorprenda, que no estés esperando, que justifique que no me odies ni termines pensando que invertiste mal tú tiempo leyendo hasta el final. Yo te voy a cumplir, no te preocupes. Te voy a predecir cómo será que te darás cuenta que el mundo se ha terminado. Te decía que cualquiera que sea tu decisión una vez hayas logrado leerme, no te darás cuenta de que se liquidó el mundo. Pensarás que, como es obvio, la terminación de la lectura de estas babosadas no ha afectado la existencia tuya, no ha hecho que murieran los seres que amas, ni que se hayan evaporado las ciudades, ni que te sea imposible ver, oír, olfatear, hacer el amor. Pensarás que sigues vivo, que nada ha cambiado, que nada más te divertiste un tanto siguiéndole la cuerda al escrito de un loco. O ni siquiera eso. Simplemente pretenderás que te has olvidado del augurio, que eres un ser racional, que sabes perfectamente cómo diferenciar lo real de lo irreal. Y que por eso mismo puedes saber si el mundo sigue allí o no sigue allí porque ha desaparecido.





Pero yo te pregunto ¿cómo puedes saberlo? Si cuando estás sufriendo una pesadilla sufres precisamente por eso, porque no sabes distinguir una pesadilla de tu vida verdadera ¿Cómo puedes, con cual autoridad, con qué derecho afirmar que ese mundo que te seguirá rodeando cuando finalices de leer la palabra “causado” es el mismo mundo que te rodea ahora, antes de terminar? ¿Cómo harás para asegurarte de que lo que pasó no fue simplemente que cambiaste el canal de la televisión y cuando viste la imagen siguiente fue tan rápido, sintonizó tan bien, que te pareció que seguías en el mismo canal? Yo te digo que no, que es otro mundo. Que el anterior murió y ya no podrás conocer su desenlace. En el otro quizás morirás de cáncer, en este de un accidente de tráfico. En el otro tu tía o tu sobrino o tu madre o alguien visitará París y te traerá una torre Eiffel de marfil como recuerdo. En este no. Y en el otro no leías este texto hasta el final. Te desesperabas. Pensabas que había algo más importante. Pero era porque no sabías que cualquier mínimo detalle lo cambia todo, modifica el resto de manera irremediable. Por ejemplo, leer esto toma unos minutos. Esos minutos hacen la diferencia. El ascensor en el que te ibas a subir en realidad está dañado y solo queda un hueco porque los técnicos lo están arreglando pero olvidaron colocar un anuncio de advertencia y unos conocidos tuyos entraron sin percatarse y murieron aplastados por un abrupto acto de paracaidismo de cuarenta pisos. O la Motocicleta que te iba a matar ya pasó hace rato y no saliste a tiempo para la cita con el diablo. O te mantuviste lo suficiente cerca del teléfono fijo como para que pudiera entrar esa llamada equivocada de esa mujer que terminará siendo tu compañera de por vida. Algo pasará. Y no es del mundo antiguo, sino del nuevo que se tea abrió gracias a mí, tu escritor, tu narrador, que te mantuvo alerta para salvarte de algo, o para condenarte a algo –nunca se sabe, nunca se podrá comprobar, nunca me podrán acusar de haberlo causado.

lunes, 3 de febrero de 2014

la mente no es el cerebro


Los paradigmas que actualmente revolucionan la concepción newtoniana del mundo, paradigmas que fundamentan nuevas estrategias de desarrollo del potencial mental y somático humano, inciden o incidirán (-hasta abarcarlas-) en todas las areas sociales y académicas. Veremos y viviremos en un mundo plenamente amoroso, dadivoso, próspero, cuando nos hayamos puesto todos las gafas de la cosmovisión holística. Entonces la paz no nos parecerá una meta, sino un punto natural de partida: ni siquiera nos daremos cuenta de estar viviendo en paz, como no se da cuenta de que tiene las gafas puestas el que las tiene puestas.

El mundo será otro porque seremos otros, porque nuestro estado de conciencia será otro, para percibir -y asimismo crear- ese mundo. Hasta ahora veníamos creyendo que el mundo estaba afuera, y que había que salir a cambiarlo. Creíamos que había uno u otro culpable, y salíamos a guillotinarlo. Inexplicablemente, una vez se creía haber cortado de raíz la causa de todos los males, brotaban otros, y había que postular otra raíz, otros culpables. Ahora nos estamos preparando para admitir, mundialmente, que el mundo no es más que lo que ponemos en el. Lo que ponemos en el es lo que proyectamos, y solo percibimos lo que proyectamos. Pero nos ha pasado como al encargado de colocar y vigilar la cinta cinematográfica en el aparato proyector, que comenzó también él  mismo a chiflar y  a protestar cuando comenzó a desenfocarse la imagen. Nos hemos olvidado de haber puesto y de ser responsables nosotros mismos del mundo en que vivimos.

Como hace siglos se dio un giro al concebir que la tierra giraba alrededor del sol y no al revés, daremos un giro ahora para reconocer que no desde el mundo, sino desde la conciencia que lo proyecta, se transforma el mundo. Para esto será necesario que superemos la auto-imagen según la cual somos nada más que primates cuyo sistema nervioso desarrolló un órgano especial en el que tuvo origen la conciencia : el cerebro. Si el cerebro es el origen de la conciencia, es decir, de lo que somos -seres auto-concientes-, entonces la conciencia es reductible al cerebro, es decir, puede explicarse en términos de las funciones e interacciones neuro-fisiológicas del cerebro. Si esto es cierto, entonces la conciencia, como función del cerebro, desaparece cuando muere el cerebro. Y si el cerebro es lo primordial, entonces estamos encerrados en él, y no somos más que una especie biológica en la que por casualidad los genes mutaron de este modo. En este caso no somos la fuente desde donde se proyecta la realidad, sino una pieza más del rompecabezas de la materia. O, a lo sumo, un tipo de sistema nervioso que procesa los estímulos sensoriales en determinadas frecuencias, diferentes de las que sintonizan los murciélagos, las abejas, las moscas, dándoles una significación espacio-temporal y cognitivo-cultural específicas, con el fín de sobrevivir del mejor modo posible.

Si fueramos nada más que un animal entre otros, y dado que cada animal percibe y sobrevive en su entorno de acuerdo a sistemas de interpretación y acción que son la consecuencia del sistema nervioso que tiene, entonces estaríamos determinados genéticamente a esta perspectiva, que es la perspectiva humana del mundo, y a la manera humana -con sus variaciones históricas-de interpretar el mundo, que es la realidad que le corresponde al ser humano. En consecuencia con la cosmovisión  Newtoniana, la de la era de “piscis”, uno solo puede adscribirse al materialismo biológico, que conduce al antropológismo psicológico. Estas tendencias suponen que la conciencia es un sub-producto del cerebro y que es reductible a este, y que por tanto estamos determinados , total o parcialmente, por la realidad “material” (es decir, por los genes, por la estructura cerebral ,    por los condicionantes linguísticos de la cultura en que nacemos ), en vez de tener una infinita capacidad para proyectar, percibir, y vivir en la realidad que libremente queramos materializar. Las posibilidades, necesariamente escasas, de mejoramiento individual y social ,    dependerían, entonces, principalmente, de adquirir habilidades para llegar a arreglos negociados los unos con los otros, por medio de intercambios lingüísticos. Estas negociaciones se basarían en el supuesto biológico (ley del más fuerte) de que es “natural” que cada individuo o sociedad busque ante todo su propia supervivencia y conveniencia, y de que solo en el caso de que beneficiar a otros repercuta en beneficiarse a sí mismo, sería “lógico” pensar en el beneficio ajeno.

Nuestro mundo Pisciano ha estado desplazándose por bastante tiempo en estas ruedas. Se ha considerado al ser humano ,    ante todo, como una especie biológica. Una especie, por supuesto, está definida por el organismo típico que poseen sus individuos. Así que la auto-imagen del ser humano desde Darwin ha estado basada en la creencia de que somos, ante todo, este cuerpo, con este tipo de cerebro con corteza bi-hemisférica. La cultura ,el lenguaje, y la conciencia, serían sub-productos de ese azar genético. ¿Será posible y necesario darle un giro de 180 º a esta cosmovisión ?. Muchos piensan que sí, y lo interesante es que no provienen sus hipótesis de preferencias espiritualistas ni de modas esotéricas, sino de la más estricta investigación científica.
¿Qué pasaría si la conciencia no fuera el sub-producto del cerebro, sino el cerebro el instrumento de la conciencia?. ¿Qué pasaría si la estructura genética, el sistema nervioso, y el cuerpo humano, fueran más bien materializaciones de la conciencia ,    y no azares de la materia ?. ¿Que pasaría si es la conciencia la que precede a la materia, y no la materia la que precede a la conciencia ?. Entonces, el universo sería la materialización de la conciencia, y el cuerpo la expresión de la mente. La materia estaría gobernada por la conciencia, y el cuerpo por la mente. Y el mundo, la realidad, no serían quienes determinan al observador del mundo, al intérprete del mundo, sino este a aquellos. Lo observado ya no sería el origen del observador, sino el observador el origen de lo observado. Y entonces ya el observador y su manera de observar no estarían determinados desde afuera por lo observado, sino que la manera de observar y lo observado podrían libremente ser determinados al antojo del observador. Entonces el observador ya no se sentiría obligado a -y confinado por- un cerebro egoista, sino que se sentiría en total libertad de crear observaciones gozosas de un mundo observado como amoroso y bienaventurado.

Todos, inclusive los científicos Newtonianos, confesarían querer pensar de este modo. Pero no se trata de cual pueda ser nuestra preferencia, sino de cómo sea en realidad la relación entre la conciencia, la mente, y el cerebro. ¿La conciencia es el más reciente episodio de la historia de la materia, como piensa Carl Sagan en nombre de la mayoría de sus colegas ?. ¿O la historia de la materia es la historia de las expresiones espacio-temporales del campo inmanifiesto de la conciencia, como propone Maharishi Mahesh Yogui, (fundador de la técnica de “Meditación Trascendental”), en nombre de la sabiduría védica ,    y haciendo eco a numerosos físicos , médicos, y científicos contemporaneos?. La buena noticia es que las últimas investigaciones en física y en neuro-fisiología dán más esperanzas a los segundos, a los “acuarianos” ,    que a los “piscianos”.

Para que se pudiera comprobar que la materia es una expresión de la conciencia, sería necesario detectar fenómenos físicos en los cuales se dejaran de cumplir las leyes de interacción causal que se supone rigen a la materia. Lo mismo sería necesario para concebir al cerebro como sede habitual pero en todo caso instrumento de la mente. Y hay una copiosa cantidad de observaciones cuidadosamente controladas que se saltan dichas leyes causales “inexplicablemente”.

La materia, tradicionalmente concebida, es un conjunto de partes aislables que se relacionan entre sí mediante encadenamientos causales o interacciones observables. Por ejemplo, si el cerebro no es más que una compleja estructura material, entonces es un conjunto de células nerviosas que intercambian mensajes bioquímicos que desencadenan reacciones específicas. Bajo este supuesto ,tiene que haber siempre unas primeras acciones celulares que accionan efectos encadenados posteriores. Las funciones mentales, por ejemplo la memoria, tendrían que iniciarse y localizarse en alguna parte del cerebro, para luego enviar la información a otra parte, mediante mensajes bioquímicos inter-neuronales. Pero no es así: Karl Lashley, en los laboratorios Yerkes de Orange Park, estuvo entrenando animales experimentales, para luego dañar selectivamente partes de sus cerebros, con el fín de encontrar el lugar donde la memoria de la habilidad habría quedado guardada. Sin embargo, aunque cubrió todas las secciones cerebrales, los animales no olvidaban. Un compañero de investigación, Karl Pribram, continuó con la inquietud, pero cambió la pregunta. Ya no se preguntó “¿donde está la memoria?” ,    sino “¿donde no está?”.Y descubrió que estaba en todas partes, que era lo que su amigo ya había descubierto, pero no había querido admitir. La memoria sobre todo está toda en todas partes, y por lo tanto en cada parte, en cada neurona. De modo que los recuerdos no viajan de un lugar donde están almacenados a otro donde son abiertos, ni las experiencias viajan de un lugar por donde entran a otro en el que se conservan para ser recordadas luego.

El esquema de las neuronas interactuando mediantes secuencias encadenadas de mensajes bioquímicos se había caído. Cuando, a mediados de los años sesentas, Pribram leyó un artículo de Scientific American que describía la construcción del primer holograma o fotografía tridimensional sin lente, no dudó en asociar la estructura de la película holográfica con la de lo que, entonces, ya no deberíamos llamar “cerebro” sino más bién “mente”. La asociación era evidente:cada trozo, por ínfimo que sea, de una película holográfica, contiene, como patrones de interferencia de ondas, la información total del objeto holografiado. La concepción de un cerebro hecho de partes como una máquina de piezas, resultaba evidentemente más primitiva e inapropiada que la del cerebro “holístico”. Ciertamente se ha demostrado que ciertas zonas del cerebro se especializan en unas funciones y otras en otras, pero también es verdad que cuando alguna se daña hay una infinita flexibilidad de otras zonas para encargarse de esas mismas funciones, como si todas las neuronas conociesen todos los roles. Inclusive se han detectado personas que tenían, en vez de materia gris, líquido cefaloraquídeo en un 95 % de la cavidad craneal, y llevaban una vida perfectamente normal, como si el cerebro no fuera estrictamente necesario para tener una mente normal. (1)

El cerebro no se comporta en muchos sentidos como un engranaje bioquímico, como un conjunto de partes separables, sino como una totalidad indivisible. A esto la física moderna lo llama “Campo”. Un campo es una red de actividades perfectamente sincronizadas en las que todo ocurre de acuerdo a un orden preestablecido y de un modo simultaneo, porque hay una correlación infinita. Estas actividades no son realizadas por actores, no son cualidades que podrían dejar de exhibir unas substancias o elementos esenciales, sino que son dinámicas sincronizadas a otras dinámicas. Estamos casi absolutamente desacostumbrados, en nuestro mundo cotidiano, a tal clase de eventos. Normalmente percibimos que a unas cosas les siguen otras, y a las primeras las llamamos causas. Además, nos parece normal que haya siempre, detrás de una acción, alguien o algo que la realiza. Ese algo, el actor, nos parece que puede independizarse de su acción. Por ejemplo, a la orden del jefe siguen las obediencias encadenadas de los empleados, y no nos cabe imaginar que haya una orden que cumplir sin alguien que la haya dado.

Pero los “campos” no son así. En un campo electromagnético no hay unos electrones que mueven a los otros, ni electrones que pudieran independizarse de las actividades electromagnéticas. Nuestro lenguaje nos impide entender la física, porque los verbos, que indican acciones, siempre se asignan a personas del singular o del plural, que indican actores. Pero los electrones nos sòn substantivables, no son cosas que actuen , sino acciones ,interacciones, fluctuaciones, rizos del campo electromagnético. Y el Campo electromagnético no es más que una fluctuación del Campo electrodebil, y este nada más que una fluctuación del campo supergravitatorio, y este la primera manifestación del infinito potencial fundamental del que todo ha surgido:El Campo Unificado.

La naturaleza abunda en ejemplos de conductas de Campo, de conductas holísticas, así que no debiera sorprendernos que el cerebro sea un caso de ellas. La conformación de un termitero, de una colonia de abejas, el aprendizaje -en primates ,    en aves,  en ratas- de conductas no imitadas ni heredadas sino transmitidas por ”Campos Morfogenéticos” (2), la especialización de las células en el proceso embrionario, la perfecta y simultanea sincronización en el giro de orientación del nado de un banco de peces (no hay un pez que gire primero y al que luego imiten los otros, sino que todos saben “telepáticamente” cuando y cómo moverse) , son todos procesos holísticos. Solo que no habían sido reconocidos como tales por los científicos mecanicistas, porque nadie vé sino lo que espera ver.

Si el cerebro opera como un campo en el que las funciones mentales están distribuidas holográficamente, o en el que cada sección tiene un potencial holográfico, entonces resulta más apropiado pensar que las neuronas son los medios de propagación de dicho campo, y que el campo precede a las neuronas y es distinto de ellas. Entonces, este campo es la mente, y la mente no es el cerebro, ni es reductible a este. Un campo no es su medio de propagación, ni su medio de recepción, ni su medio de emisión, sino la red de energía que da forma, es decir, que in-forma, a sus medios de propagación. Por ejemplo, la in-formación sobre cómo ha de especializarse cada grupo de células  de un embrión de libélula para dar origen a un organismo adulto, no está contenida en las células. Si lo estuviera ¿cómo se explica que, si se corta en dos el embrión en formación, alterando el plan original de desarrollo, cada grupo de células se arrepiente de los procesos de especialización que seguía, para readaptarse de modo que resulten finalmente dos embriones completos más pequeños?. ¿Cómo hacen para darse cuenta las células pre-encefálicas de que ya no hay otras células convirtiéndose en alas, porque han sido cortadas?. No se han encontrado mensajeros bioquímicos que pudieran estar transmitiendo esa información, porque además parece ser que todas las células se enteran inmediatamente, y no después de un tiempo que podría demorarse un mensajero en ir a avisar (3). Lo mismo sucede respecto al cerebro: todas las neuronas funcionan en interconexión perfecta -y aunque no estén conectadas por proximidad espacial lo están de modo no local en el campo-, en perfecto estado de correlación. El campo in-forma a las células embrionarias exactamente al mismo tiempo sobre cómo va todo en todos lados. La mente in-forma al cerebro del mismo modo, como el software en un computador dá instrucciones al hardware.

La mente es información, información pura. Así como un software no es más que un tejido matemático de códigos binarios, que usa microchips para traducirse a códigos visuales y linguísticos en una pantalla, la mente es pensamiento, pensamiento puro, inteligencia pura, que usa códigos neuroquímicos en transmisiones neuronales para materializarse en ideas, lenguaje, acciones, decisiones, movimientos corporales. El Hardware del computador solo es un medio de expresión de un conjunto de fórmulas matemáticas. El cerebro es solo el hardware de la conciencia.

Diríamos entonces que la conciencia tiene tendencia a actuar en el cerebro, como el software está concebido para actuar mediante el hardware. Pero el software no es reductible al Hardware, porque un conjunto de michochips y de piezas mecánicas no es jamás igual a un conjunto de fórmulas matemáticas. Ni la mente y el pensamiento són jamás iguales a un complejo entramado de señales bioquímicas inter-neuronales. La mente es un campo. Y un campo no es una substancia, sino una estructura. El algoritmo matemático tampoco es una substancia, sino la estructura de un programa.

Hemos, pues, distinguido la mente del cerebro. ¿Y qué hemos logrado?. Hemos descubierto que lo sutil precede a lo burdo, lo estructura, le dá sentido. Hemos comprendido que el cerebro es lo observado por la mente, que es un objeto pensado por la mente, que el cerebro no es el observador. La mente es el observador, y lo observado es su creación. El observador puede crear libremente las observaciones que prefiera, como cuando un físico crea observaciones sobre partículas elementales que se comportan según sea el antojo del observador (4). La observación crea lo observado, el sujeto es dueño del objeto. Por lo tanto, y oigase bien, el mundo es lo que queramos que sea el mundo. Somos los únicos responsables de la realidad, porque no hay una realidad por fuera de lo que somos, sino la misma realidad en la que somos. Como el observador no es un producto de lo observado, como la mente humana no es un sub-producto de la evolución biológica, entonces somos libres, absolutamente libres.

Pero ¿qué es el observador?. Y aquí viene lo más maravilloso: el observador es un campo dentro de otro campo, una mente dentro de otra mente más extensa pero igual a la que se le llama “Universo”. La mente no es más que una ola del mar infinito de la conciencia. Porque el universo -nos dice la física cuántica- es como una muñeca rusa dentro de la cual hay otra ,    dentro de la cual hay otra: hay un campo fundamental, del que han emergido cuatro olas, rizos,  o campos básicos de la naturaleza (electromagnético, gravitatorio, fuerte y debil), de los que han emergido diversidad de olas, rizos, o campos morfogenéticos de conciencia e inteligencia que se expresan mediante hardwares llamados plantas, flores, animales, y seres humanos.

Si el observador, la mente, se aquieta, entonces sucede lo que a una ola que se aposenta en el mar del que surge:la ola se dá cuenta de que su naturaleza es el mar. La ola realiza este pensamiento: “soy el mar, puedo por tanto hacer cualquier cosa que pueda hacer el mar”. Es como si el observador se realizara a sí mismo como observador, al liberarse de la observación. El observador puede aquietarse, puede suspender por un momento el hábito de observar, de hacer observaciones, y de crear lo observado. Cuando esto ocurre -y se sabe que ocurre al practicar “Meditación Trascendental”-, entonces el cerebro entra en un estado más aquietado y armónico, se produce  un estado de sincronía de ondas cerebrales entre los dos hemisferios, y se experimenta un estado de conciencia en el que no se duerme, ni se sueña, ni se está vigilante. Este estado suspendido de la mente puede ser muy importante para que el observador se acostumbre a no quedar atrapado por lo observado (lo que Deepak Chopra llama, utilizando un término de Maharishi Mahesh Yogui “el error del intelecto”), y para que se nutra del potencial infinito de ese otro gran observador idéntico a él -pero en una escala más amplia- que es la divinidad. Así como la ola resurge poderosa solo si acaba de experimentarse a sí misma como idéntica al mar, asimismo el observador resurge capacitado para crear un mundo donde reine el amor solo si acaba de nutrirse del potencial infinitamente dadivoso ,    bienaventurado y creativo del campo fundamental de la creación, del mar inmanifiesto de la conciencia pura, es decir, si acaba de trascender, si acaba de meditar.


Fernando Baena Vejarano
Filósofo e instructor de “Meditación Trascendental”


Bibliografía:

(1) Roger Lewin, “Is your Brain really necessary ?”, Science 210, diciembre de 1980, pgs 1-232.

(2) Sheldrake Rupert, -, La Presencia Del Pasado, ed Kairos ,  Barcelona

(3) Talbot Michael, “Más alla de la teoría cuántica”, ed Gedisa, 1988, Barcelona. Cplo 3.

(4) Op cit, cplo 1.

Ver también  Karl Pribram, Languages of the Brain, comp Globus y otros, New York, Plenum, 1971, Conciousness and the Brain, New York, Plenum, 1976.


viernes, 4 de octubre de 2013

New York: el paraiso de los condenados


Las pocas veces que me han acusado con insistencia de algo de lo que soy inocente, he experimentado con el paso del tiempo que me voy sintiendo culpable. Tal es el poder de una imagen autoritaria: te convence no solamente de que has cometido un delito que no sabías que existía, sino de que mereces ser vigilado constantemente para no cometerlo otra vez. Todos a tu lado aceptan igualmente ser fichados, para que sea posible que una grabación delate al culpable y la convivencia “pacífica” sea un hecho. Es la paz a punta de vigilancia, cámaras, autoridad y amenaza de castigos severos. Se consigue, pero no sientes armonía en  tu entorno, porque está hecha a punta de severidad y de normas externas. No viene del corazón.

Así he sentido Nueva York y sus alrededores: una sociedad vigilada. Funciona, sin duda. Y mucho mejor que muchas otras. Hasta envidia da un país en el que todo el mundo te respeta, te da el paso al cruzar la esquina, te pide excusas si te roza apenas cuando vas caminando por la calle, te trata con cordialidad y tolera tus creencias. Funciona. No es un país  definible como corrupto: los impuestos que pagas se reflejan en el colegio que ofrecen a tus hijos, en las calles pavimentadas por las que transita tu carro, en la organización impecable de tantas cosas. Las casas con jardines de los suburbios de New Jersey, las ardillas y los venados que ves cuando sales a tomar un bus que pasa siempre a tiempo con horarios de tren londinense, la amabilidad y el buen trato en las interacciones entre vecinos, los semáforos que los peatones respetan cuando cruzan por las esquinas debidamente señaladas por una cebra que nunca se decolora: todo esto debiera copiarlo cualquier país del mundo, es la calidad de vida que el ser humano civilizado se merece. Se entiende que muchos gringos se sientan orgullosos del país que tienen. Lo que no tienen muy claro es cuál es el costo que pagan por un país que perciben como perfecto.

Quisiera saber lo yo mismo: ¿Qué es lo que gano viviendo en Colombia? ¿Qué es lo que pierden los que emigran rumbo al sueño americano, esa dura prueba, cada vez más dura, que a veces nunca se concreta? ¿Que tan real es la “sociedad perfecta” del modelo americano? Me gustaría poder dejar a un lado tanto los sesgos antiimperialistas como las tentaciones del colombiano arribista que quiere americanizarse.

Cuando  venía de regreso le pregunté a un venezolano que estaba en el avión al lado mío, que pensaba de Estados Unidos. Me respondió certero y con tono a crítica: es un comunismo con comida. He estado pensando en su definición, la de un hombre común que no pecaba ni de ser chavista ni de idolatrar la sociedad de consumo. Mi compañero de asiento, que había viajado por todo el mundo, asociaba el país de Lincoln con una dictadura. Sentía, creo, algo que me  pareció evidente durante los quince días de mi visita: hay una atmósfera de pérdida de libertad, de represión de la espontaneidad, de creatividad encausada con tal astucia que nadie pueda señalar la fuente omnipresente que te hace sentir observado en todo momento, culpable de no haber hecho nada, arrepentido de lo que podrías hacer si hicieras lo que el ojo omnisciente del estado teme que hagas.  

La pesadilla de Orwell no necesita ambientes degradantes, ciudades grises, manifestaciones en plaza pública estilo nazi, congregaciones tipo Stalin, para que los tiempos y movimientos del individuo estén precisamente controlados, planificados y estadísticamente previstos como en la mejor de las máquinas. Nadie se da cuenta de que existe el gran hermano: un ser superior que ya no es el dios de los protestantes puritanos que fundaron la nación, sino un sistema de información y comunicación que opera por medio de las redes sociales, los controles de identidad, las redes de cámaras, los  artilugios de escaneo, los códigos de barras, la unificación de los datos sobre los actos pormenorizados de las vidas individuales, la mediatización de cualquier satisfacción de necesidades por medio de un sistema crediticio que espía los actos más insignificantes hasta violar el derecho a la intimidad.

Dios es el estado. Y si antes, cuando eras niño, mirabas a todos lados en el baño preocupado porque dios está en todas partes y te puede pillar experimentando con tus genitales; ahora te preguntas no si te vigilan cuando haces una compra en Wall Mart, sino por cual cámara de las que te vigilan podrán medir mejor tu nivel de sudoración para evaluar tu nivel de nerviosismo como delincuente potencial. Ya no eres un ciudadano con derechos: eres una voz que emite palabras que entran a un sistema detector de un aeropuerto. El sistema identifica palabras que dices en cualquier idioma y establece si hay probabilidad cuantitativa de que seas un elemento peligroso, un riesgo para la seguridad.

Tal vez no todo en Estados Unidos sea como en esta caricatura. Pero la exageración es pedagógica: ilustra el ideal que se persigue. Y esa meta es principalmente la seguridad. El gringo esencial es el que ha interiorizado una obsesión: que todo esté bajo control, que en la vida no haya riesgos o que si los hubiere, se puedan anticipar al punto de contrarrestarlos todos. Por eso el pronóstico del tiempo es un ritual diario, sagrado. La sociedad de consumo se ha ideado para que puedas poner una queja, entablar una demanda por incumplimiento de contrato, si cualquier cosa te pasa: que te caigas en la calle, si te chocan tu auto, si te duele una muela. El negocio de las aseguradoras supone personas con miedo de que cualquier cosa les ocurra, que no se hayan dado cuenta que en últimas nada es permanente, que todo se pierde. Y la eficiencia del sistema es infinita: te miman como a un príncipe si cualquier cosa te pasa: vi con incredulidad de colombiano que a un adolescente le pegaron en la rodilla en un partido de futbol americano, y la patrulla de policía no demoró más de tres minutos en llegar al escenario. Luego un equipo de paramédicos acudió al cuarto minuto, y el muchacho estaba en una camilla de lujo con rodachines cibernéticos y acolchados anatómicos rumbo a la ambulancia al quinto minuto. Admirable. Pero aun así, algo me hacía sospechar. Lo perfecto tiene su trampa.

Un país seguro a costa de un sistema de vigilancia y control cada vez más perfeccionado, al que la paranoia del 11 de septiembre le inyectó aun más razones para hacer del temor un gran negocio y una gran excusa. Lo mejor: cada individuo se encarga de ser a su vez un policía de sus vecinos. En nombre de los derechos del individuo, cada quien se convierte con facilidad en un refunfuñón que protesta por la menor de las violaciones a la tranquilidad, y el policía de la cuadra responde al instante como si fuera el peor de los delitos cuando se cometen pequeñas triquiñuelas. Te preguntas si saludar o no a los niños que se te acercan para que no te pongan una caución por acosador, todo puede ser interpretado penalmente. Y puedes protestar todo lo que quieras, puedes hacer huelgas, puedes criticar a quien desees para que no puedas acusar a nadie de que limitan  tu libertad.

Todo te compra: la arquitectura de Nueva york te hace sentir el poder del capitalismo, simbolizado en la altura de sus rascacielos. La decoración clásica de los edificios antiguos te genera respeto por la breve pero admirable historia de Estados Unidos. Los  museos te anonadan: si en Bogotá un salón de objetos de Grecia es un acontecimiento anual, el metropolitano tiene como colección permanente esa misma galería multiplicada astronómicamente: tardé dos días y quince horas en recorrer a pié sus tres pisos y  las  novecientas veinticinco galerías, tres restaurantes y cinco almacenes de compras que pusieron a prueba mis venas várices. En times Square comprendes que todo el dinero del mundo no le pueda parecer suficiente a una estrella de Hollywood o a un Judío de Wall Street: lo quieres todo, porque todo te lo ofrecen, todo está disponible. Si a Jesús lo tentaron en el desierto, a Buda lo pusieron a prueba en New York, la ciudad donde si tienes cómo pagarlo, todos tus deseos serán satisfechos. ¿Quieres cultura? En el parque Bryant hay recitales gratuitos semanales de música clásica, puedes sentarte a tomar un capuchino y una hermosa mujer te traerá el programa musical que estarás escuchando al aire libre, rodeado de edificios clásicos, en medio de un prado que durante el invierno se convertirá en pista de patinaje. En el Central Park hay espectáculos gratuitos hasta el final del verano con los mejores artistas. ¿Quieres tranquilidad para tus hijos? Los niños ríen y juegan a sus anchas en los parques debidamente cercados, los pensionados del barrio chino juegan cartas en el parque Columbus, hay bicicletas de la municipalidad que puedes usar para recorrer las calles. ¿Quieres ropa, perfumes?  Puedes ir a Macy`s a las mejores tiendas de marcas exclusivas y a los centros comerciales suburbanos libres de impuestos. ¿Reírte, vida nocturna? Entra a un show de Broadway, mira las chicas que se toman una foto contigo con los pechos  al aire en pleno Times Square si les das una propina. ¿Tecnología? Entra a la tienda transparente de Apple a probar las últimas aplicaciones. ¿Terror? Piérdete en el metro: puedes quedarte atascado entre Grand Station y Port Authority en el Shuttle , de noche, -entre estaciones calurosas y mendigos con la espina bífida, con un canguro lleno de dólares y pánico de ser asaltado-, como me pasó a mí, por dos horas, -sin entender por qué no lograba salir del laberinto y sin que nadie me pudiera hacer entender mi error , a pesar de mi relativamente buena comprensión del inglés-.

El mundo entero está empaquetado en New York : una familia de hindués alborozada de no ver pobreza se saca fotos en la meca del consumo con el mismo entusiasmo que  un argentino,  un coreano,  un japonés o un fundamentalista islámico. Hay artistas callejeros que ganan en propinas hasta un millón de dólares anuales y pagan impuestos. Y no hay gringos en New York: hay asiáticos, latinos, mexicanos, chinos, gentes de todo el planeta que han corrido a los de ojos azules y cabello rubio para los estados del centro del territorio. Todos se sienten ganadores porque sacan su foto en la gran manzana. Porque saldrán – como yo- en facebook al pié del Empire State o del edificio Chrysler. Porque el juego se llama estar de un lado o del otro: eres un ganador o un perdedor. Desde niño los deportes competitivos te enseñan que  empujas a tu adversario o mueres en el intento.


En Colombia la cultura no te dice algo mucho mejor: aquí eres un vivo o un pendejo. Vivo si quebrantas le ley, estafas al estado, organizas junto con tu abogado los años que pasarás en tu casa por cárcel a cambio de los dividendos que te darán los dineros que escondas en suiza. Pendejo si cumples la norma, si no tienes malicia, si te pareces a un gringo. Pero ni de caer en la odiosa dualidad del consumismo, ni de empecinarse en la cultura de la trampa se trata: ni de hacer creer a tu familia que ya eres de mejor familia porque ya recorriste la quinta avenida, ni de convertir a Colombia en un país de adoradores de Pablo Escobar, o de admiradores secretos de la vida ganada sin trabajo por medio del robo al tesoro público. Tenemos, en el país del sagrado corazón, la libertad que solo se posee siendo pobres y provincianos. No sabemos usarla: hemos creído que puede existir una ética fundada en ser avivatos, oportunistas, tramposos. Modelos prepago y héroes de los dineros clandestinos: esos son nuestros Bill Gates y nuestros George Washington. No tienen libertad los norteamericanos: la han confundido con la capacidad para escoger que comprar y que no. No pueden ellos, ni saben cómo, salirse del sistema bancario y financiero, que mueve los hilos de millones de títeres, mucho más títeres ellos que nuestros gobernantes aliados con las multinacionales y los lados oscuros del TLC. No hemos podido nosotros sentirnos nación, pueblo, como si lo lograron los Norteamericanos. No tenemos orgullo patrio, porque el que nos da clasificar en el mundial es más bien una emoción violenta. Pero tampoco hemos creado –por lo menos por ahora- un paraiso de condenados que ignoran estar en la gran prisión sicológica que el miedo, la obsesión por el control y la sicorigidez puritana les ha levantado como un muro invisible a los norteamericanos.