martes, 23 de abril de 2024

De puro oficio, solo me la gozo

 

 



Por Fernando Baena Vejarano

 

Los oficios son rutinas, y hasta ahora nunca he podido concluir si escribir sea una. Menos aún la de escribir poesía.  No es que pueda evitar encontrarme con mi teclado a diario -eso ya es compulsivo-, sino que ya para mí respirar y mediumnizar palabras son la prueba que necesito de que sigo vivo.

Todo poeta quisiera escribir en piedra. Sin embargo ya ni en papel escribe. Hecho de ceros y unos, el registro de lo que fuimos en la era de la virtualidad se borrará en muchos menos años que los que tarda el comején y la polilla en blasfemar de un libro impreso. Imagínense lo que ocurrirá con los megacomputadores donde se guardan las ruinas audiovisuales y escritas que ningún arqueólogo del futuro podrá recobrar. Un día se quedarán sin energía los sótanos en los que millones de microchips resguardan a prueba de bombas atómicas  todas las transacciones digitales y la información que se acumula a diario.

Mis advenedizos versos ¿Resistirán el apocalipsis del óxido? Nada es eterno. Escribo, entonces, para el olvido. Cuando hago un poema suspiro, no de esperanza sino de enojo, porque sé que ese rapto lingüístico morirá, -ojalá sin embargo unos años más tarde que mi cuerpo. Algún día no seré leído.  Ni premios ni publicaciones salvan de la hoguera del tiempo las convulsiones del alma. Cuando al sol se le acabe su combustible quemará la Tierra, y en ella arderán las líneas escritas por Cervantes, Borges, Neruda y Gabo. Todo moribundo patalea, y quien escribe lo hace de la manera más bella que puede. Hay amigos y lectores que sostienen, ojalá, las palabras en las que uno puso las ganas que uno tuvo de seguir admirándose de todo, y esa es la esperanza que yo avivo cuando narro, canto, cuento, imagino, exagero, asombro, comparo, alabo, maldigo, profetizo.

Hay algo de chamán y de brujo en un poeta. También me he puesto a zarandear maracas, a percutir tambores y a sintonizar los chakras de mis acudientes con mis cuencos tibetanos, y quisiera tener para ellos hechizos que los curen y sonsonetes que los calmen. No solo escribo poemas, ensayos, cuentos y novelas. Llevo cuarenta años intentando escuchar de nuevo un silencio infinito que a veces rozo en la quietud de la postura de la flor de loto, y no me imagino una plenitud mejor que la de la sonrisa de buda. He estado absorto al meditar. Y no hay nada mejor. Los budistas lo llaman absorción. Se flota sin identidad alguna y sin espacio ni tiempo que estorben; viene una bienaventuranza que ya no te pertenece: más bien perteneces a ella. Es conciencia pura. Entonces no hay angustia existencial alguna. Y sin miedo de morir ni ganas de hacer algo de valor mientras llega la muerte, no hay necesidad de poesía. Ni de escribir para no morir. Uno ya no necesita mentirse con la esperanza de haber servido para algo, porque la gota se ha disuelto en el océano. No puede aspirar al infinito el infinito cuando la gota diminuta y finita ha sido tragada por su madre mar, de la que salimos y a la que volvemos todos. Pero solo meditando se comprueba, y no siempre que meditas quedas absorto; con una absorción basta. A mí me ocurrió en 1985, meditando en el mismo sillón en el que leía y en el que se le reventó en  1976 la vena aorta a mi padre. Con la absorción se muere y enseguida se resucita.

Nunca fui el mismo. Estaba escribiendo una novela que le ganara en pesimismo a Cioran, a Sartre o a Kafka, pero ya no pude sentir que la vida fuera tragedia. Ahora todo era maravilloso. No menos misterioso, pero sí mucho más divertido: un juego al ajedrez de los espejos, basado en reglas siempre fluctuantes. ¿Qué mejor que dedicarme a enseñar meditación? ¿Qué mejor que volverme un sacerdote que en vez de ofrecer hostias entregara mantras y dirigiera retiros, suscitando ojalá en cientos de estudiantes, aunque fuese una vez, el mejor de los orgasmos, el silencio del ser, la verdad acuosa, volátil, espumosa, que perfumó a los místicos de la India védica, la experiencia suprema que un buscador de sí mismo puede alcanzar, la más resbalosa pero sin duda brillante revelación que un filósofo pudiese esperar?

Y entonces de filósofo académico de oficio pasé a ser profesor de meditación de oficio. Era lo mismo. Solo que ahora todo el trabalenguas conceptual no me confundiría, ni enredaría a mis estudiantes. Iríamos al grano, más allá de la palabra. Encontraríamos juntos la satisfacción de quien , buscando sus gafas, descubre que siempre las tuvo puestas. Como vislumbro cuando pongo mi tragedia personal en un poema y me hago pasar por poeta: de pronto la tragedia se me vuelve comedia. Al tomar distancia del mundo y de mí mismo, usando el lenguaje para que diga lo que nunca podrá ser nombrado, hago poesía. Pongo el dedo en la llaga. Duele pero salva. Quien enfrenta su infierno halla su paraíso. Se asoma por entre las líneas de mis poemas la conciencia de que todo es un juego, “Lilah”, como lo llaman en India. Viene la danza. No el tiro en la sien, como le ha sucedido a tantos poetas a los que les faltó meditar para salvarse. Sino la danza frenética, candomblé de gozo supremo, de alegría sin objeto. Y a carcajadas -como el Zaratustra de Nietzche-, en poeta, místico, profesor de meditación, novelista,  filósofo y loco , por puro gozo del oficio, en Villa de Leyva me transformo un poco.

Mi amante Casiopea.

 



Por Fernando Baena Vejarano

 

Soy biciclósofo desde mucho antes que se construyeran las ciclorutas de Bogotá y de que las avenidas impersonales y multicarriles de las megalópolis atestadas de inhumanidad sintieran vergüenza de sí mismas. En ese entonces hablar de transporte libre de emisiones de carbono era visto como una irreverencia que, sumada a mi barba filosófica, -hirsuta  y contaminada por el dióxido de carbono eructado por los buses municipales tras los que yo metía mis narices- daba un toque final a mi perfil de idealista sin remedio. Nada que ver con la afición al tour de Francia. Ni con un padre que me hubiese inculcado amor al deporte. Yo insistí en mi obsesión por las magias bi-rodantes porque Casiopea era mi novia. Primero por conquistarla simulando empatías, luego con convicción fanática, terminé de corazón comprendiendo de Casiopea qué es lo que de verdad tiene sentido.

Fue un asunto de tipo iniciático. Yo era apenas un virginal adolescente. Ella se me ofreció. Yo la montaba con entusiasmo. Me subía en su lomo,  alineando bien mi axis a su columna llena de curvas,  y juntos surcábamos la tristeza por la decadencia de occidente convencidos -junto con Oswald Spengler- de que las limusinas, los gases de efecto invernadero, los motores a gasolina, las bestias de ACPM y todos los monstruos mecánicos que habían desplazado a los peatones, las carrozas y las elegancias de las ciudades del siglo XIX, -y aunque estas hubiesen olido a orines y a caca de caballo- eran sin embargo preferibles a la asepsia contaminada de los apuros automotores, las calles recién barridas y las congestiones vehiculares.

Como toda experta amante,  Casiopea me dominaba. Yo no me daba cuenta. Pero mis ojos, al verla, giraban dando vueltas en círculo como los de un loco,  y yo, como poseído, no podía a su lado no sentarme hipnotizado a tomarle dictado. Así, por horas, cuando nos uníamos, pelvis con pelvis,  abiertas mis piernas sobre su diligente voluntad, controlaba mis brazos y dirigía mis manos sonámbulas que sostenían un lápiz, no sin mi complacencia culposa.   Me esclavizaba, -obligando a mis piernas a movilizar con ritmo sus sube y bajas- y me invitaba girófila a recorrer la ciudad para profetizarme el futuro, treinta años adelante, haciéndome sentir, como si yo estuviera en el metaverso, la atmósfera que se viviría cuando se hablase de las mascotas como personas no humanas, se impusiese el estilo de  vida lento, los derechos animales estuviesen en la agenda constitucional, diera pena no confesarse vegano para dar buena imagen en Tik Tok, y la meditación diaria fuese una costumbre ciudadana como la de cepillarse los dientes. Pero lo mejor que anunciaba su profecía era que habría rutas exclusivas para novios como nosotros,  quienes circularíamos sin vergüenza haciendo el amor a la vista pública,  usando un timbre para evitar colisiones contra otros amantes semejantes y mirando a diestra y siniestra con aire de superioridad moral a grupos cada vez más minoritarios de conductores de automóviles y motocicletas- restregándoles su culpabilidad por no haber contribuido con la detención del cambio climático.

Escribimos a cuatro manos un decálogo de conducta,  un manifiesto de tres páginas, una sustentación epistemo-ciclo-lógica en la que yo insistí, un idioma mejor que el esperanto para biciclósofos comprometidos, una letra de canción que le enviamos a Pablo Milanés -para que la volviera popular- y un guion de cine;  todo para posicionar la biciclosofía como ideología futurista. Agregamos citas bibliográficas de Morris Berman, Fritjof Capra, Rupert Sheldrake, el Dalai Lama y Allan Watts en las que se confesaban biciclósofos convencidos.

Ya arropados y juntos entre sábanas de seda, piel a piel, -tras los atafagos propios de nuestra vida hormonada,  en las noches frías que la vecindad del cerro Monserrate volvía todavía más heladas-,Casiopea y yo nos entrepiernábamos en nuestra cama King Size y hablábamos insomnes, a oscuras, mirando pasar la luna tras una claraboya, acerca de cómo sería un planeta biciclosofizado. Lo soñábamos así: no habría guerras porque no habría petróleo por el cual competir a punta de amenazas nucleares. Las garras evolucionarían como ruedas. La traición humana y la poética redondez de las giroscopias emparejadas convertiría al Homo Sapiens Sapiens en  un simio enternecido, y la solidaridad internacional superaría en forma definitiva la pobreza y las hambrunas. Volveríamos al valor de lo local porque cruzar larguísimas distancias sería imposible, despreciable e innecesario para las sabias mayorías. Ya con mayor lentitud al desplazarnos -transformados por el redescubrimiento de los paisajes- dejaríamos de añorar la felicidad ilusoria que la industria turística había vendido mediante contaminantes viajes aéreos intercontinentales, Y las megaciudades se hundirían en sus propias ruinas. Cada vez pedalear sería más liviano porque el aluminio y el hierro cederían su brutalidad a la fibra de carbono. Surgirían mutaciones. Deliciosas bicicletas flotantes como globos aerostáticos con hasta diez galápagos distribuidos en forma circular hospedarían en alturas estratosféricas gente reunida para ecoamigables tertulias literarias,  congresos internacionales pacifistas, y firmas de tratados de paz. En las parrillas viajarían menos y menos armas, corruptelas y misoginias, y más y más libros sobre mística, amor universal y experiencias psicodélicas. Gracias a telescopios satelitales avanzadísimos se descubriría que tras una galaxia con forma de monareta había estado espiándonos Dios mismo, ese gran genio del rodamiento y el equilibrio; origen trascendente de la dialéctica taoísta que permite a la rueda delantera ser el yin del yang redondito y  trasero. Médicos descubrirían la curación del cáncer en los movimientos de frenado y reinicio calculados según ritmos de respiración pitagóricos.

Una madrugada Casiopea rompió a llorar. Me conmocioné mucho. De su farola delantera goteaban  pepas como de mercurio, pero doradas. Me dijo que era un mal signo. Le dije que no fuera supersticiosa. Me contestó que no olvidara nunca nuestra relación porque juntos habíamos canalizado sin saberlo un mensaje arcangelical: que el planeta estaría por fin complacido con el ser humano cuando se bajara del orgullo y la soberbia, trascendiera  su avidez lujuriosa de consumo y se montara en la bicicleta. Me recomendó que tuviese cuidado de enamorarme de computadoras caseras, inteligencias algorítmicas y cajitas de bolsillo con pantallitas hiperconectadas; porque todo eso era parte de un pérfido plan para seducir al ser humano con impotencias de juguete para distraerlo de la inminencia de la muerte y no permitirle enfocarse en el imperioso juego divino, lo único esencial, el rodamiento del amor.

No le hice caso. Hice negación. Me dije que su sabiduría estaría viva conmigo eternamente. Y en cierto modo tuve razón. Pero ese mismo día por la tarde la dejé parqueada a la entrada de un famoso mega almacen, -Sears se llamaba- muy bien encadenada en una reja, y al pie de la portería sur. No sabía que miraba por última vez los rayos de luz que se despedían del centro de sus piernas. Se la recomendé al portero, quien me juró que me la cuidaría por una hora como si fuera su propia hija. Cuando volví estaba de turno otro vigilante, un vil cómplice del robo de mi amada. Nunca volví a verla. Nunca traicioné su recuerdo. Tuve otras y más finas, con cajas de cambios menos duras, con rines más resistentes, pero nunca una como ella. Siempre seré su discípulo y su ferviente promotor de biciclosofías.

Reloj de una misma arena

 



Por Fernando Baena Vejarano

 

            Titulada como este microensayo, escribí una novela que comienza cuando, a finales del siglo XXI, en peno cambio climático, un bogotano de nombre Nadir entra  a darse un duchazo excepcional, casi ilegal, de tres minutos. Tan pronto el agua bendice su coronilla, se le mete en el cuerpo el alma de una mujer, llamada Zeniliana, quien se encuentra metida, varios siglos más tarde, bajo una sensual y torrentosa cascada, en Ecoamérica, -que es como se llama este continente en el futuro postapocalíptico que Nadir apenas paladea.  Zeniliana siente no solo que su alma viajó al pasado y se metió en un cuerpo masculino, sino que a su vez el alma de Nadir se le metió en el cuerpo en un inesperado viaje de este hombre hacia el futuro.

Creo que esa escena literaria simboliza, o la curiosidad, o el anhelo imposible, y generalmente inconfesado, de muchos hombres: ser mujeres por un tiempo. Conozco mujeres que me confiesan lo mismo respecto al sexo opuesto. Lo convexo quiere ser cóncavo y lo cóncavo convexo. En cierto modo, y si nos atrevemos a plagiar lo que afirmaría un sicoanalista junguiano,  el amor romántico heterosexual es una envidia de lo diferente, que idealiza lo faltante y lo proyecta en un telón, el de la amada o el amado. Nos imaginamos al otro como una especie de hostia que será tragada para producir la plenitud permanente. Nos lo imaginamos comido, casado con s o cazado con z. Las bodas arquetípicas nos persiguen, no solo en las novelas rosa sino en la alquimia y los sueños. Diría Jung que todo hombre heterosexual reprime su ánima, y toda mujer heterosexual su ánimus, y que buena parte de la evolución en conciencia consiste en dejar que salga a flote lo reprimido para que sea integrado, digerido, visibilizado, sanando así las innnumerables formas neuróticas, personales y comunitarias, que han causado los moralismos. Somos seres andróginos por dentro, que se manifiestan por fuera de maneras más Ying o más Yang, como diría el taoísmo.

La historia pendula, y estamos en la comprensible fase que compensa los excesos del patriarcado y el machismo, expresiones visibles de la ginofobia.  La fobia por lo femenino se nutre de epopeyas griegas, de judeocristianismo. O, si vamos más atrás, de la desaparición de las sociedades cazadoras recolectoras y el inicio de las grandes civilizaciones ribereñas, sedentarias, guerreras y conquistadoras. Ahora la balanza indica que lo políticamente correcto sea que hombres y mujeres apoyemos el feminismo. Pero hay decenas de feminismos. El feminismo es una paleta de colores que oscila entre el revanchismo androfóbico y el revisionismo crítico, pasando por posiciones moderadas y cada vez menos sectarias. Suenan campanas de filosofías tántricas, terapias de integración ánima/animus, ecofeminismo académico, círculos de mujeres que promueven también los grupos de terapia para la redefinición de la identidad masculina en grupos de hombres, resurgimiento de la figura de la partera. Escribí un manifiesto uterosófico sobre ello hace años. Son tiempos interesantes. De un lado muy postmoderno gritan unos que toda identidad es convencional y que toda rebeldía contra cualquier asignación social de identidad es libertaria. De otro lado intentan posicionarse las defensoras de lo femenino como buscadoras de lo ancestral o lo oriental, perdido por culpa de cientificismos occidentales. Y ya vamos trascendiendo, lustro a lustro, la meta de la igualdad de ingresos para ambos géneros, el posicionamiento de la mujer en todas las esferas públicas que antes le estaban vedadas, la protección a sus derechos, la penalización de los abusos masculinos. Solo faltan siglos. Hay que ir más lejos, pero sobre todo más profundo.

 

Me gustaría, como hombre, tener algo qué decir como mujer. Quizás ese sea el origen de mi profunda inclinación por ellas, por su cuerpo, por sus voces, por sus sensibilidades. Mi testosterona sabe poco de oxitocina. Esa es la bella tragedia de ser hombre, que provoca admirar, y respetar y cuidar; así las más autosuficientes de entre ellas me regañen por querer tratarlas con amor. No es que no crea en su fuerza, autonomía y empoderamiento. Todo lo contrario. La cercanía de todas las mujeres en mi vida, hermanas, madres y reemplazos de madres, novias y amigas, esposa…me ha permitido irme vertiendo en el misterio de lo otro, que es el misterio de su poder, al cual me entrego. El juego de la vida es sin duda el juego del sexo. Pero el sexo es más que sexo: la identidad masculina y femenina expresa la dinámica de las polaridades, porque el universo mismo es andrógino.  Comprendo así que algunas personas con organismos masculinos hayan decidido hormonarse y hacerse cirugías, con la esperanza de cruzar al otro lado del río. O que otras con fenotipo XY hayan puesto su identidad, no en el deseo físico de lo diferente, sino de lo semejante. Cada vez hay más cuerpos masculinos intentando redefinirse. Los cuerpos femeninos hacen lo mismo. Hemos visto, vemos más y veremos aún más novedades en este siglo de las libertades de exploración relacionales, de preferencias sexuales y de identidades sociales y de género. He escrito un libro que he llamado Holosofía de la Libertad para pensar como un asunto de profundidades, y no solo de opciones igualitarias, el tema de la explosión de identidades. Somos el mismo reloj de arena, lleno de los mismos y finísimos granos de deseo, aunque nos corresponda tener más lleno el vaso de arriba o de abajo, según se esté midiendo el tiempo de la historia, o se esté ofertando con cirugía plástica, o según la caprichosa ley de la reencarnación de las almas vaya decidiendo.

Intento comprender entonces que, ahora que estoy del lado políticamente bajo sospecha (soy blanco, hombre, heterosexual y no practico el poliamor) solo podré ser capaz de un ejercicio de imaginación y -sobre todo- de empatía ontológica. Mi novela sobre el hermafroditismo sicológico del ser humano es mi premio de consuelo. No me queda más remedio que aceptar que tengo ante mí un abismo, y que me siento demasiado condicionado: ni mis hormonas, ni mis circunstancias sociales y culturales me facilitan comprender lo que parece ubicado al otro lado, o muy adentro, de mí mismo. Amo lo lejano. Amo a la mujer y quiero ser uno con ella, porque ella es el secreto más profundo de mí mismo. Como un espejismo, se me aleja cuando creo beber en él. Tal vez este sea mi mejor y más honesto punto de partida.

 

Habrá red completa o no habrá nada

 




 

Crear lazos no es un deber, construir un tejido social solidario no es un lujo, comprender que nuestros destinos regionales están inseparablemente unidos no es una moda espiritual, darnos cuenta de que somos naturaleza, tierra, agua y vida tanto como lo son nuestros animales y nuestros bosques no es una bandera para promover alguna ideología ecologista que nos posicione políticamente. Es simplemente la realidad, un hecho que se impone a nuestra conciencia cuando adquirimos suficientes conocimientos como para llegar al nivel cultural en el que por necesidad nos volvemos éticos.

Querer vivir armónicamente es un simple resultado de haber alcanzado cierto nivel de madurez colectiva. Y la maduración social se alcanza por dos vías principales: o la del sufrimiento, o la de la planeación inteligente de agendas mutuamente provechosas entre grupos humanos convivientes, -y entre el ser humano y la madre vida, la madre tierra-. Del sufrimiento ni hablemos, porque se viene desatando y se desatará aun más el cambio climático, la impredictibilidad  estacional y ambiental, el impacto poblacional y migratorio en escalas no vistas, la lucha por recursos escasos en un amplio abanico de violencias que ojalá no se vuelvan extremas. Pero la esperanza radica en que , como reza el título del libro de Ernst Friedrich Schumacher “Lo pequeño es hermoso”, y como indica su subtítulo , hay que pensar las cosas como si la gente importara. Las tecnologías apropiadas, la pequeña escala,  son poderosas herramientas para que cada microuniverso humano, -llámese municipio, vereda, grupo de vecinos o tribu neorural-, demuestre con la vehemencia de lo cotidiano, con el poder de lo invisible, en el anonimato de los mercados del trueque, con la insignificancia de las pequeñas revoluciones de las madres comunitarias, de los pequeños liderazgos; que las columnas de mármol en las que se fundan las imponentes construcciones de los grandes poderes mundiales tienen bases de barro, como la más humilde de las chozas.

El amor colectivo es a la vez una virtud moral y una necesidad de supervivencia solucionada a la manera de esta especie que somos. Ser Homo Sapiens Sapiens es saber que sin la conducta gregaria el éxito biológico es poco probable, y que igual que los bancos de peces, las nubes de langostas y las manadas de lobos, somos más fuertes para conseguir recursos y nos defendemos mejor de nuestros depredadores y competidores cuando actuamos unidos. Pero ni los cardúmenes de sardinas ni las parvadas de grullas tienen tanto poder destructivo como cualquier insignificante nación que posea apenas un pequeño arsenal atómico o bioquímico. Nuestro reto existencial es alcanzar la estatura espiritual que solo de nuestro propio esfuerzo de autotrascendencia depende. Venimos de entornos de supervivencia tribal. Si contabilizamos el tiempo que hemos existido como especie, la vida urbana, las megalópolis y la hiperconectividad son una novedad de último segundo. No es raro entonces que la intención de tener una narrativa que nos solidarice haya fracasado tan estrepitosamente que estemos a punto de coronar el apocalipsis ambiental con bombas de fisión, para que miles de misiles intercontinentales demuestren en media hora que fuimos un invento excesivo de inteligencia precoz, en un primate incapaz de superar la lógica de las hordas.

Tribales parecemos, más que nacionales, aunque tengamos naciones, si nos comportamos como hinchas de fanáticos deportivos cuando de decisiones racionales para administrar nuestros recursos se trata. Nación y país son palabras inventadas con  pocos siglos de existencia, y la invención de comunidades internacionales es una ficción no menos endeble. ONU, OTAN, UNICEF, UNESCO, OMS; siglas que quieren ser cosas, pero que se desmoronan cuando se trata de imponer una lógica universal de libertad, prosperidad, equidad , paz y justicia que le ponga también freno a los intereses de los conglomerados financieros más poderosos, en detrimento de los más débiles.  El nacionalismo es la simple magnificación del narcicismo personal, y  las peleas cavernarias con gritos de euforia, flecha y arco no se distinguen para nada de los golpes amenazantes de los orangutanes en sus propios pechos cuando hacen pruebas balísticas desde Corea del norte, o cuando  De la madera y la fuerza muscular al petróleo y la fuerza nuclear solo hubo un cambio de nombres por el logro de la supervivencia, que es la consecución de la energía, pero la competencia por las fuentes disponibles sigue definiendo las estrategias de competencia entre las plantas por obtener más luz solar, tanto como las sofisticaciones diplomáticas y los enredijos financieros por imponer una divisa u otra en el escenario bipolar , ojalá por lo menos tripolar, del siglo XXI. Cada vez que una narrativa social logra incluir a más personas bajo una misma etiqueta identitaria se da un paso adelante hacia una competitividad más feroz entre grupos humanos rivales. Hoy tendríamos dos o tres bloques de poder en disputa, uno en rusia, otro en China y otro en U.S.A., pero hasta que no hagamos una narrativa planetaria que nos unifique no habremos superado el riesgo de portarnos como cavernícolas con armas de destrucción masiva. Si seguimos tejiendo redes en disputa, es que no hemos tejido red alguna. Un telaraña, o está completa y tendida hacia todos sus puntos de apoyo, o no es territorio seguro para su tejedora.

Nunca tuvimos una caja de herramientas tan poderosa para transformarnos y mejorarnos a nosotros mismos. Si dejáramos que la sabiduría que hemos alcanzado sobre nosotros mismos tuviera el mando y la responsabilidad de dirigir nuestro destino planetario, el miedo y el armamentismo no estarían asomándose en la agenda europea ante el aviso que representa la guerra de Ucrania. No me refiero al transhumanismo, que peca de creer que la interfaz cerebro-computador nos volverá superhumanos. Si las cualidades emergentes que tenemos no se han generalizado ni nos caracterizan todavía como para que tuviéramos un planeta menos violento, entonces de seguro los robots de Tesla integrados a las inteligencias artificiales, pero programados con objetivos propios de gibones, solo serán extensiones del despotismo. Somos humanos. Podemos tener eventuales conductas compasivas y amorosas que los animales no están diseñados para exhibir tan intensamente.

Me refiero mas bien a los avances de las ciencias sociales en las últimas décadas. Estoy hablando de sicología profunda, de perspectivas transpersonales, de antropología evolutiva, de metateoría integrativa sobre cómo potenciar y transformar al ser humano en la mejor versión de sí mismo- Para tener una idea, es como si se hablara de ADN en Bolivia en tiempos de Mendel, o de teoría de la relatividad en Sri Lanka en tiempos de Galileo. De nada de eso se habla en Colombia, ni de su aplicación en la educación de nuevas ciudadanías, de nuevos paradigmas para la política, la ecología, la conciencia ambiental, el desarrollo comunitario. Seguimos pegados de la concepción de desarrollo social y comunitario de finales del siglo XX. Enfrascados entre mirar hacia la derecha o la izquierda, como si fuera imposible mirar hacia arriba. Necesitamos pruebas piloto como las que ya se hacen en Europa y Estados Unidos, en África y Asia. Hay indicios, pequeños y hermosos, de comunidades renovadas, de pequeños experimentos replicables para conformar tejido social solidario con las más avanzadas tecnologías y artes para elevar la inteligencia emocional e interpersonal, fomentar el diálogo profundo, trascender los mecanismos superficiales de negociación y popularizar, sin banalizar, las mejores metodologías de desarrollo humano.

Los proyectos productivos en Colombia y el mundo son una importante plataforma del desarrollo comunitario. La evaluación e intervención objetiva y oportuna de los procesos de fortalecimiento de los lazos sociales, agroempresariales y financieros es un esencial pilar del tejido humano necesario para conformar la identidad y cohesión solidaria. Es lo que llamaríamos la dimensión externa, estructural e infraestructural del progreso humano, que es el núcleo mismo del mejoramiento solidario. ¿Qué otros factores consolidan ese núcleo del bienestar comunitario? Los internos, subjetivos, e intersubjetivos. Cultura, arte, sentido de vida y transmisión de valores suelen ser los grandes relegados. Son más difíciles de observar y sin embargo no hay progreso que sea posible sin honestidad, transparencia, y, como dirían los filósofos transpersonales, verdad, belleza, orientación hacia la trascendencia y bondad. Hay que incluir, al tejer sociedad,  la formación artística, la adquisición inteligente de tradiciones e identidades religiosas compatibles con el pluralismo y los sistemas democráticos; hay que fomentar las tradiciones literarias y teatrales, las artes plásticas y expresivas en general, a la luz del concepto de transformación humana. Juegan allí las dimensiones que aconseja la metateoría integrativa: “show up” ( vocación, ofrenda a la sociedad, servicio, despliegue social) , “clean up” ( sanación, reconocimiento y manejo de la “sombra”), “grow up” ( desarrollo de la inteligencia cognitiva en sinergia con las otras inteligencias (emocional, interpersonal, existencial, moral, sicosexual, espiritual, etc), y “wake up” (trascendencia progresiva del yo personal y de la identidad individual, en estados de sentido y conciencia superior -identidad colectiva, identidad con la naturaleza, identidad con la fuente trascendente de la vida).

Apenas estamos aprendiendo a tejer comunidad.

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*Autor del libro “Educación Integrativa y Formación transpersonal”, colindante con el tema aquí reseñado.

Nuestro enemigo, el libro.

 


 


Por Incómodo Sócrates

 

Hoy escribo indignado. Hay que leer libros acerca del valor de los libros para evitar pecados contra el patrimonio cultural en Colombia. Hace pocas semanas la inquisición de la ignorancia condenó por brujería en el valle de Zaquencipá a un impreciso e inestimable cargamento de herejes, porque “estorbaban” en una biblioteca municipal y estaban “viejos”, “desactualizados” y “sucios”. Con ese criterio bien podría la biblioteca Luis Angel Arango de Bogotá deshacerse del 90% de sus posesiones para avivar chimeneas, como si no existieran criterios históricos para conservar ejemplares, ni hubiese personas expertas en restauración de materiales afectados por el paso del tiempo. Mis amigos de papel siempre han sido víctimas de malas bodegas, personas incultas y bajos presupuestos. El dueño de un negocio local ha venido recibiendo libros “para ofrecer al público”, de una campaña que, bienintencionadamente, tampoco sabe qué hacer con libros de propiedad pública. Y , fiel a sus impulsos de artesano amateur, nuestro comerciante decidió echarles pegante por dentro y por fuera a lo que le parecieron unos raros e inútiles tomos de historia de Colombia, hasta convertirlos en una especie de ladrillos, para hacer una escultura que exhibe como producto de su ingenio. Las universidades se resisten a recibir donaciones de libros, me dijo un colega hace poco. Es para pensarlo.

Una nueva hoguera está allí, esperando que el analfabetismo cultural del siglo XXI lance a su extinción ejemplares de gran valor, en una sociedad que rinde cada vez más culto a los dispositivos electrónicos y el archivo de información en la nube. La inteligencias artificiales ya saben tomar esa información y recrearla sin mediación de una mente humana (autoconciente, socialmente responsable, cultivada en la crítica), para producir ensayos y resúmenes bien redactados. ¿Para qué entonces los libros? Como si no existiera la lectura lenta, la digestión despaciosa y la reflexión pausada, -que dio origen a la ciencia y la filosofía, la poesía y la novela, el estilo y el carácter de los textos y de sus geniales autores-, ya son mucho más exóticos que antes los lectores y los bibliófilos, los coleccionistas y los buenos libreros, en un país como Colombia; que tiene uno de los índices más vergonzosos de lectura per capita, aunque tenga una de las mejores ferias internacionales del libro. Desapareció la consulta paciente, los ficheros, la amistad con la colaboradora bibliotecaria, el darse tiempo para valorar una buena edición, soportar su peso en la mano, apreciar una elegante ilustración a todo color o en blanco y negro. Habría que hacer talleres para reaprender a oler un papel impreso, y pasar la página sedosa, tipo biblia, con tacto delicado, para no dañarla. La eficiencia nos ganó. ¿Qué saldrá de este afán, de esta necesidad de obtener productos sin dedicarle tiempo a los procesos, de esta nueva religión de la prisa? Los computadores portátiles y las tabletas ya ceden paso a las livianísimas láminas digitales, que se doblarán como un pañuelo en el bolsillo, y la conectividad con gafas y lentes de contacto traerán la fusión cerebro-internet, que nos harán caminar al mismo tiempo por una calle y por una realidad virtual que se le sobrepondrá en un mismo acto robótico, consumista, perceptivo y visual. Se sabe que los niños que usaron demasiado tabletas electrónicas se vuelven hipersensibles, no saben conectarse emocionalmente, y padecen de una especie de síndrome de Asperger.

Está bien. No seamos románticos. No todo tiempo pasado fue mejor. Pero no por eso todo tiempo futuro será mejor.  El libro electrónico, que no es lo mismo que una tableta,  es muy útil, aunque no se haya generalizado su uso. Es toda una biblioteca ambulante, de bajo costo, y no afecta la retina. Pero por algo en los países bajos los colegios volvieron a prescribir los textos impresos. La inteligencia emocional, ética, intrapersonal e interpersonal, la habilidad para ser empáticos y reconocer a los demás como personas peligra con el imperialismo tecnoinformático. La relación con el libro como objeto físico es más afectiva, más sensorial, más totémica. La lectura es un ritual de encuentro con una conciencia del pasado, con un autor, con un narrador, con un ser humano que por ser escritor creyó morir un poco menos, que vivió con la esperanza de dejar un legado. La historia del libro debería enseñarse, para que el amor al conocimiento y a la herencia de nuestros antecesores tenga un cuerpo que pueda abrazarse. Hagamos una biblioteca personal, leamos un libro al mes, acariciemos un lomo bien encuadernado, abramos los secretos de la polilla y admiremos la foto del matrimonio del abuelo que se cae al hojear ese libro guardado, gocemos de prestar y pedir prestado un libro a un amigo, escribámosle una oda a la naftalina. Una biblioteca no es una librería, y su éxito no se mide por el número de visitantes. La antigüedad no vuelve viejo un libro, sino que le aporta valor. Dime cuántos y quienes han quemado libros, y me habrás contado la historia de los infames, los tiranos y los imbéciles. Leamos por lo menos El Infinito en un Junco, de,  Irene vallejo, y Una Historia de la Lectura, de Alberto Manguel. Quizá sea una buena vacuna contra funcionarios públicos y privados que crean que modernizar su trabajo consiste en llamar  al camión de la basura y a los recicladores de papel, saltándose por encima la veeduría ciudadana sobre lo que constituye nuestro patrimonio escrito. Quizás tu hijo, sobrino o nieto lea esto y ya no mire con desprecio en un futuro esa pared llena de afectos que le dejaste tras tanto tiempo entrando a librerías, seleccionando las influencias que querías recibir, y las conversaciones con los genios del pasado que sostuviste en tu poltrona.

 

 


lunes, 12 de septiembre de 2022

!Dios salve a la reina!

 

!Dios salve a la reina!

Septiembre 11 de 2022


Por Fernando Baena Vejarano

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Conocí a un maestro espiritual al que en pleno siglo XX le gustaban los símbolos monárquicos. Con escasa sensibilidad respecto al valor de las costumbres republicanas y democráticas de la mayoría de los países occidentales, no solo una sino varias veces convenció a diversos seguidores suyos a dejarse encumbrar con ceremonias de coronación, cetros y perendengues; una vez a una actriz de cine y otra a un renombrado neurofisiólogo, a quien por días enteros sometió a serenatas de cantos védicos para hacerlo su sucesor. Creía que alguna vez existieron reyes iluminados, quienes llenos de amor, serenidad y sabiduría gobernaron con justicia, generosidad y compasión las tierras de la India en tiempos inmemoriales. Que yo haya investigado, no hay ninguna evidencia histórica ni arqueológica de tales fábulas; muy al contrario, los primeros manuales para gobernantes, en India, eran versiones maquiavélicas del arte de la guerra, ya que se consideraba que un buen “rajá” tenía que dejar en herencia a su hijo más tierras y riquezas, usurpadas mediante conquistas violentas a costa de vidas e ignominias, si quería ser fiel a su Dharma, es decir, a los designios de su casta.

Aunque no sirve para describir la cruda realidad, idealizar tiene su lado tierno y habla bien de quien así se imagina reyes y reinas, de quienes eluden sus realidades cenicientas soñando con palacios de Walt Disney, leyendo revistas del Jet Set y viendo series de Neflix.  Yo lo he hecho. Alguna función social cumple el imaginario de majestades serenísimas y relaciones interpersonales caracterizadas por innumerables protocolos, formalidades y diplomacias, en las que se excluye toda grosería ,toda conducta caracterizada por el inmediatismo instintivo y la procacidad, o todo contexto en el que si se come, o se asesina, o se comete genocidio o explotación del trabajo y propiedades de otros pueblos, se hace con tal decencia que parece que ir a exterminar y expropiar es un acto de nobleza que engrandece el alma de la nación, propagar la adicción al opio en un país lejano es extender la gloria e inmortal nombre de la reina y llevar el propio idioma, religión y costumbres a otras geografías es expandir la civilización, enseñar la verdadera espiritualidad y propagar la cultura superior a gentes menos afortunadas.  La mentalidad imperial es que a la larga los súbditos, cuando repasen con perspectiva histórica todo lo que vivieron, agradecerán tanto  las bendiciones y beneficios recibidos al “ser civilizados” que ya no lamentarán los sacrificios y costos de haber sido expoliados.

Insisto: algo de bueno ha de haber en los imaginarios monárquicos. Por ejemplo, no ensalzan todo lo contrario, a nombre de la moda de enaltecer el más crudo auto-retrato del que seamos capaces los seres humanos. Pienso en el amarillismo. ¿Qué es más edificante, un seriado como “The Crown”, que revela como trasfondo la historia de Inglaterra, o un “reality show” que entrevista y espía con cámaras a un grupo de adolescentes por veinticuatro horas al día durante un mes para registrar todos sus encuentros e intercambios sexuales y afectivos, sus mundos huecos interiores, sus exhibiciones de bajas pasiones y ese léxico que propaga la percepción de que otro ser humano no es más que un objeto de uso y consumo? Se me dirá que lo edificante ya no es prioridad ni en el arte ni en los medios de comunicación, ni en la historia de la literatura o el cine, y que soy un chapado a la antigua. ¿Pero me dejaré poner un esparadrapo en la boca, solo porque ya no es políticamente correcto idealizar?

Idealizar es idealizar. Para eso se idealiza, no para saber cómo son o fueron o serán empírica y efectivamente las cosas, sino para no dejar por fuera del horizonte de nuestra propia humanidad las posibilidades que sin duda tenemos de refinar, transmutar y elevar lo que somos a nuevos niveles de conciencia. Lo hemos hecho. Descendemos con frecuencia al infierno que hemos sido y provocado los unos a los otros, pero nos levantamos. A largo plazo evolucionamos. Somos y no podemos dejar de ser un proyecto de algo mejor, eso caracteriza nuestra especie. No digo que por eso haya que pensar que las costumbres, rituales, simbolismos y mecanismos de transmisión del poder y del orgullo nacional inglés hayan de ser los que guíen al planeta tierra en el siglo XXI, ni insinúo que por eso deberíamos estar todos muy compungidos por la muerte de la reina Isabel segunda, todos muy pegados de las pantallas para chismosear las transmisiones en vivo de las noticias de la transmisión del poder a Carlos tercero; ni tampoco afirmo que no estemos cayendo, sin darnos cuenta, en un truco mediático muy peligroso cuando de tanto ver cómo se visten, gobiernan, hablan y se comportan los ingleses comenzamos a tragarnos la sensación de que, comparados con ellos, somos menos.

No tenemos, por ejemplo en Colombia,  mil años de historia.  El tiempo eleva la autoestima colectiva. A lo sumo contemos dos siglos como república independiente, y en américa latina unos cinco como experimento de mestizajes eurocentrados. No somos todo lo contrario de Inglaterra, ni de Europa. Autodefinirnos como culturas ancestrales es intentar ocultar el sol con el dedo meñique, lo mismo que esencializar un conjunto de sucesos forzándolos a caber en sus orígenes, como si no fuéramos también, un poco España, un poco Francia. Somos una edad media encerrada en una apariencia de nación moderna y arrastramos con nosotros el mismo clasismo español que aborrecimos cuando la revolución criolla y el temperamento comunero  nos libraron del virreinato. Ese clasismo reencarnó en los privilegios que se autolegaron las aristocracias de los apellidos, las tierras, las corruptelas bipartidistas y luego, finalmente, las narcogobernancias. Los bogotanos de cepa siempre quisieron que su ciudad capital fuera una nueva Londres y que todo copiara el modelo de la cultura superior, desde la urbanidad de Carreño hasta la arquitectura de los edificios públicos, pasando por el vestuario. Por siglos la mentalidad aristocrática se avergonzó de las raigambres muiscas, de los acordeones costeños, de las arpas llaneras; hasta que, mas o menos coincidiendo con el éxito de Gabriel García Marquez – pero por haber sido aclamado en Suecia-  los orgullos nacionales comenzaron a redefinirse. Para creer en nosotros mismos también ha venido de las epistemologías del sur, de las ideas de Dussell y de José Vasconcelos y de Alejo Carpentier y de tantos otros que alimentan ahora una nueva fuente de amor propio.

Estamos reinventando la decencia. No necesitamos tomar prestada, literalmente, ninguna doctrina foránea acerca de en qué consiste ser una comunidad que haya alcanzado ideales civilizatorios, ni de eso se trata. Pero tampoco se trata de vomitar ante la pompa inglesa cuando muere su reina, sino muy al contrario: de estudiarlos con interés. Han sido muy simpáticos siguiendo protocolos, vestidos así, tan flemáticos, hablando así, como dándole la espalda al presente y al futuro, tan embebidos en su narcicismo cultural y en su pasado como los han mostrado las cámaras, en una especie de juego teatral ante el mundo, del que el mundo no sabe si reír o sacar apuntes para una especie de etnografía del siglo XV. Verlos seguir el guión escrito hace veinte años para el luto de la reina es como hacer un viaje al estilo de las novelas de Swift. No son el país de los enanos, ni el de los gigantes, pero sí el de los sacolevas. A mí me provoca una mezcla de gran admiración, curiosidad, gracia y desconcierto la monarquía inglesa. ¡Son tan ellos mismos y están tan fuera de contexto y se ven tan ingenuos pretendiendo que van a deslumbrarnos con sus cañonazos de salvas, y sus trompetas, y sus mantras de Dios salve al rey y sus edictos; en plena época de algoritmos y comunicaciones instantáneas!

Me atrae la figura de un símbolo viviente, ahora fallecido, ahora reemplazado por otro tambaleante, pero digno. Pero por motivos filosóficos, no políticos.  Me divierte y asombra que por setenta años una dama de carterita y guantes, aficionada a los caballos, haya jugado ese rol teatral de testigo imparcial de todos los devenires mundiales, que haya estado viva en tiempos de Churchill, que no haya agachado la cabeza ni para esquivar los misiles que Hitler lanzaba sobre Londres. Me entretiene encontrar sus fotos en internet junto a Felipe, y hasta en páginas de conspiracionistas que la acusan de ser una reptiliana descendiente de los dioses Anunaki. Todo es como para escribir una novela. Algo tiene la señora, aunque no sea su sangre azul sino roja; algo se pierde con su muerte, no sé qué. ¿Soy un nostálgico?

 El concepto de dignidad y de serenidad me sigue pareciendo importante, porque algo  así ha de ser lo sagrado. Me imagino la vacuidad budista, el tao chino, la conciencia pura del vedanta de la India como realidades supremas que atestiguan toda la vicisitud del universo desde su trono trascendente. En esto han coincidido las representaciones del ideal humano no por casualidad ni por capricho, por ejemplo en la historia de la aristocracia japonesa en la de la inglesa: en figurarse que el poder mundano haya de parecerse al orden divino, y en que la identidad de un ser divinizado ha de basarse en una graciosa serenidad compasiva, trascendente a las posesiones emotivas, no polarizada, no rebajada a las pugnas codiciosas y las peleas de a puño -que afean tanto los debates en la cámara de los comunes. La mamá se les murió. ¿Quién pondrá orden ahora en casa? El espíritu levita como la reina, amorosa y justa, como el personaje de Isabel II. Algo de eso tiene la decencia, que es lo que le admiro, no a la reina, sino al personaje que representó tan bien, para edificación de la ética , para emulación de sus súbditos, para un mundo que me duele, demasiado procaz.  Así pues, como diría mi maestro Maharishi : !Dios salve a la reina!

martes, 6 de septiembre de 2022

Pluralismo religioso: algo mucho mejor que cerrar una capilla

 

Pluralismo religioso: algo mucho mejor que cerrar una capilla

 

Por Fernando Baena Vejarano

 

Me ocupa y preocupa el tema de la expresión religiosa, inter-religiosa y supra-religiosa en Colombia. No soy católico practicante. Me inclino con indisciplina por el budismo, practico y enseño meditación juiciosamente, intento asimilar la espiritualidad humana con actitud integralista, hago sicoterapia. Pero que en el Aeropuerto Internacional El Dorado de Bogotá, Colombia,  por orden de la Alcaldesa Claudia Lopez y con la pasiva obediencia del concesionario OPAIN,  hayan cerrado una capilla administrada por la iglesia Católica, a nombre del principio constitucional de que somos un estado laico, y con el argumento de que ese lugar público o es de todos o de nadie, me pone a pensar acerca de cómo concebir la equidad y la libertad en materia del manejo político de la inclinación humana por lo trascendente. En aparente “coincidencia” con el escándalo de la capilla proscrita, se viralizaron en redes todo tipo de opiniones sobre los deberes fiscales de las iglesias.

Hay un tema de mayorías, porque hay más católicos que no católicos en Colombia. ¿Cómo atender con equidad en sus necesidades religiosas a las mayorías y a las minorías poblacionales que, cada una a su modo, intentan comprender y relacionarse con el misterio de lo sagrado? ¿Qué es mejor, negarle a las mayorías sus privilegios comparativos, o crear nuevos espacios para favorecer a las minorías aún no atendidas por los presupuestos y las ejecuciones públicas de espacios arquitectónicos para necesidades de trascendencia espiritual? Los contribuyentes al fisco juegan futbol, hacen música y buscan a Dios o prueban con el yoga místico. ¿Por qué hay entonces presupuesto estatal para deportes y artes, pero no para actividades religiosas y espirituales -lo uno no equivale a lo otro-, como si en el concepto de “cultura” no cupiese la educación para la transformación evolutiva del ser humano? Por supuesto, no hay ninguna decisión política que, basada o no en la constitución, no pueda no contener un mensaje simbólico. Constitucionalmente es argumentable darle otro uso a un espacio público y administrativamente puede ser legal. Devolverle su onerosa inversión económica en la capilla al grupo católico desposeído del uso exclusivo de ese espacio público sería lo correcto y lo legal, además. Sobre eso, no se oyen respuestas de la administración distrital. Pero ¿cuál otro mensaje simbólico está dando, desde la postura ideológica de izquierda, la alcaldesa?

Nuestra constitución política de 1991 no se ciñe a ninguna religión particular, pero tampoco es atea. Lo ateo sería prohibir la búsqueda de lo sagrado, como en la Rusia de Stalin, cualquiera que fuese su institucionalización social, o perseguir creencias, persiguiendo primero a las mayorías. ¿Ser pluralista se está confundiendo con ser ateo?¿Hay un mensaje ateo en gestos como el indicado, o en haber permitido manifestaciones masivas de población LGTBI durante la pandemia, en Bogotá, y hasta compras masivas en supermercados, pero no ordenadas y despobladas asistencias a iglesias católicas, durante la regencia de la alcaldesa? A la postura inapelable del Vaticano sobre temas de aborto y sexualidad, género e identidad y preferencia sexual ¿No está respondiendo Claudia Lopez, de modo contestatario, desde su sesgo, en demostración del poder de la izquierda?¿Cuál es el simbolismo de fondo? Tumbar un ídolo ¿No es tácitamente imponer otro?¿Se confunde el pluralismo religioso con la agresión hacia un culto mayoritario, y la invisibilización de otros cultos minoritarios? ¿Se trata de una guerra, con armas fiscales, enmascarada de pluralismo constitucional?

La equidad ¿es igualitarismo? ¿Repartir el horario del espacio religioso en franjas iguales de tiempo de uso para diversos cultos es ser equitativo, o es simplemente zanjar el asunto a lo salomónico? ¿No sería más equitativo tener un presupuesto proporcional a la población religiosa censada, para crear nuevas “capillas” en espacios públicos? En el aeropuerto de Amsterdam hay un magnífico “centro de meditación”, con implementos, textos sagrados y objetos rituales de varias creencias, subdividido en varias secciones, para que no solo personas afiliadas a una u otra religión, sino también aquellas que desean un espacio supra-religioso, puedan desde orar hasta practicar meditación un rato. Eso es pensar con abundancia, pluralismo y mente abierta. Hasta una parte del presupuesto público, y de cultura, podría dedicarse a la promoción de actividades dedicadas a la difusión del ateísmo y de otras posturas (si se tiene en cuenta que el ateo es un creyente, un creyente de que no hay un Dios, cosa muy diferente del agnosticismo y del gnosticismo, es decir, de las posturas de que no  se puede o sí se puede, respectivamente, “saber” o “vivenciar” a Dios, por ejemplo mediante prácticas místicas y conductas éticas amorosas).

¿Resuelve algo provocar a los católicos, desafiando su espacio sagrado? La sensibilidad religiosa es un tema delicado, y debería ser más cuidadoso cualquier protagonista de la política para no herir la profunda identificación emocional que los creyentes tienen hacia sus símbolos, rituales y espacios totémicos (cfr Mircea Eliade). Buen gesto ha sido que algún grupo budista haya salido a defenderlos -aunque hay que ver si lo mismo hubiesen hecho por ellos los católicos si alguna medida administrativa hubiese amenazado los intereses budistas. Habla bien del budismo y de su amplia mentalidad que apoye el estilo católico de resolución de la necesidad de lo sagrado.

¿Se practica pluralismo político y religioso, como manda la constitución, al derrumbar unos ídolos mayoritarios, o tradicionales, o coloniales? A nombre de la religiosidad nativo-ancestral, pero también de su confluyente relación ideológica con las minorías políticas indigenistas y el tema del uso de la tierra en Colombia, se tumbaron estatuas de “héroes” y fundadores de ciudades colonializadas y territorios conquistados por España. Tuvo impacto mediático. ¿Es hora de volvernos iconoclastas? ¿Es eso posible, cuando el ser humano, que viene de etapas mágico-míticas del desarrollo de la conciencia, no puede dejar de ser lo que ha sido, sino intentar trascender e incluir su pasado en un mejor futuro? ¿Tan sesgado es ensalzar en el podio de una plaza a un esclavista español como a un independendista criollo o a un líder indigenista? ¿No sería mejor un plebiscito, o un traslado y reemplazo turnado de estatuas, para satisfacer temporalmente a unos -los que se sienten más hispano-descendientes- y a otros -quienes optan por identificarse con religión de la madre tierra y la cultura pre-hispánica?¿ No sería hora, mas bien, de atender a las poblaciones budistas, hinduistas, islámicas, ancestralistas, protestantes y no católicas, para crear procesos comunitarios de diseño de apoyo proporcionales a sus poblaciones y actividades; atención que podría organizarse con fondos público-privados que a la vez que incentivaran las actividades religiosas y suprareligiosas sirvieran para recaudar fiscalizar mejor y cobrar impuestos que no menoscaben a nadie, poniendo coto de una vez al sectarismo protestante, al contradictorio enriquecimiento excesivo de pastores e iglesias? Los líderes no sectarios religiosos y supra-religiosos que encauzan a sus seguidores hacia la ética, el amor, la paz interior y la aspiración por un sentido profundo de la vida deberían recibir pensiones decentes, pues prestan un servicio social tan valioso como el de las madres cabeza de hogar y los docentes. Se debería fiscalizar la confiscación de conciencias y legalizar y prevenir mejor -también mediante más educación filosófica- el control y (o) la penalización de líderes que promueven el sectarismo, el fundamentalismo y la alienación de la libre personalidad mediante lo que se suele llamar “técnicas de control mental”. ¿Por qué lavar el cerebro de un creyente para manipularlo está menos visibilizado que abusar sexualmente de un niño? Si los líderes protestantes en Colombia recibieran la orden legal de no imponer ni recibir diezmos, pero el estado colombiano los apoyara para sostener sus iglesias mediante fondos mixtos, quizás se crearía un ambiente de mayor beneficio fiscal para el estado colombiano. Esto sería mejor que pensar cómo ponerle por igual impuestos a todas las religiones, que son tan desiguales en sus niveles de ingreso y en su utilidad social. ¿Cuándo sí y cuando no se pondrían en riesgo, a punta de sancionas tributarias, los proyectos de beneficio social que muchas comunidades religiosas sostienen -a veces con mucha mayor calidad que la que el estado mismo brinda en atención a la tercera edad, los huérfanos y desposeídos, educación, atención al bienestar poblacional en zonas marginadas, etc?

Mucho en qué pensar. Tonto que la alcaldesa pose de inteligente y de liberal creyendo que cerrar una capilla, haciendo una evidente tontería política de ambiguo simbolismo, la haga ver cómo líder de alguna avanzada ideológica. Hirió sensibilidades, y alborotó una reacción emocional de las derechas en su contra. Polarizó.


Villa de Leyva, Septiembre 6 de 2022